Había Una Vez

¡Me hice cubano!

Cienfuegos, nuestro pueblo natal, se veía triste. Un gran número de amigos ya había emigrado hacia el exilio y los que quedábamos no teníamos el permiso de nuestros padres de alejarnos del patio de nuestras casas. Había un ambiente gris en el aire y las calles se hacían más solitarias cada día; entraba el verano del 61, pero ni aún con él llegaba la alegría a nuestros corazones de niños. Ya no sentíamos el delicioso olor a libertad y teníamos nuestro oprimido pecho por cárcel.

Aquel año del 61 había sido traumático para Cuba y para todos nosotros. Fue el año en que Fidel intervino las fincas, los medianos y pequeños negocios y los colegios privados. Los hermanos Maristas habían abandonado la isla dejándonos a merced del ocio y la tristeza que producía el no tener contacto diario con nuestros compañeros de escuela. Fue también el año de la invasión de Bahía de Cochinos (1) y el momento de decisión para cientos de miles de cubanos en cuanto a dejarlo todo atrás y partir hacia tierras desconocidas sin saber cuándo se regresaría a la patria que nos había dado la vida.

En nuestra casa – Korea (2) – no se hablaba de política ni se mencionaba para bien o para mal el nombre de Fidel Castro, quien había pasado por Cienfuegos un 3 de enero de 1959 en su lento desfile triunfal hacia La Habana. Yo lo conocí y le di la mano en la mañana que llegó con sus barbudos cargados de rosarios y pañueletas de la virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. El sol de aquellos días, como decía la introducción del himno de la revolución, parecía brillar más; el cielo era, sin duda, más azul y en nuestras almas rebozaba el entusiasmo patriota. Niños y adultos, ricos y pobres conformaban ese pueblo que arroyaba por las calles al son del pitorreo y los gritos de libertad. Había caído el dictador Fulgencio Batista (3).

Al igual que cada verano, nos preparábamos para pasar las vacaciones en la playa. Aunque Varadero (4) no parecía ser la solución para nuestro depresivo estado de ánimo, era, con creces, mejor que quedarse en Cienfuegos, donde a cada momento nos revisaban, nos vejaban y nos insultaban; queríamos abandonar nuestro pueblo lo más pronto posible.

El 20 de agosto de aquel año, me levanté temprano sin saber que sería el último día que pasaría en Korea, la moderna casa que mi padre había construido y donde había pasado los últimos cinco años de los once que llevaba de vida, los mejores de mi niñez. Fue el primer hogar de mi hermana (5) y, aunque entonces no me daba cuenta, un miembro más de nuestra familia. Al frente de Korea vivía Orlandito Cápiro (6), mi mejor amigo; el Cienfuegos Yacth Club – nuestro segundo hogar – nos quedaba a tres cuadras. La urbanización Punta Gorda (7) era nuestra ciudadela, donde no había peligros y solo existía felicidad.

Ese día me aventuré a dejar la casa en mi inseparable bicicleta muy consciente del peligro físico que corría de caer en manos de la chusma, como le decía mi abuela paterna Carmelina. Esa chusma estaba conformada por los vecinos del Barrio Boneval (8), donde tenía muchos amigos que asistían a la escuela pública. Allí vivían Pipo (9) y Ale (10), los hijos de nuestro jardinero y El Guajirito, el hijo del carbonero, con quien montaba caballo. Eran niños iguales a mí, lo único que no podía ir a Los Maristas ni entrar al club. Compartí con ellos gratos momentos que aún mantengo en mi memoria como un tesoro que jamás me podrán arrebatar, a menos que pierda la mente.

La madre de Pipo y Ale, por ejemplo, hacía – para vender – unos ricos durofríos (11) de tamarindo que cambiábamos por botellas vacías, las cuales tenían un valor monetario. Cocinaba ricos trozos de carne de cerdo que, a falta de nevera, guardaba en unas latas llenas de manteca. Cuando visitaba su casa y llegaba la hora del almuerzo, Panchita (que así le llamaban), sacaba de la manteca unas cuantas masitas de cerdo y las freía en una especie de budare (12). Por alguna razón que jamás descubrí, el cerdo que nos cocinaba Juana, nuestra cocinera en Korea, no tenía el mismo sabor que el que cocinaba Panchita en el Barrio Boneval.

El esposo de Panchita pasó una larga temporada en el sanatorio de tuberculosos de Topes de Collantes (13) gracias a mi padre y a otros vecinos donde el jardinero prestaba servicios antes de enfermar. Luego de haber superado la enfermedad entonces-mortal enfermedad que cobró la vida de miles de cubanos y de regresar encartonado a Cienfuegos, se reincorporó a sus cotidianas labores. Al llegar la revolución fue nombrado jefe de un centro revolucionario de vigilancia que luego se convertiría en un CDR (Comité de Defensa de la Revolución) (14). A pesar de haber sido siempre una persona callada, decente y muy servicial, un día se nos apareció en Korea vestido con el uniforme verde olivo de miliciano. Llevaba una metralleta checa y unas polainas que usaba la Guardia Rural del derrocado dictador Batista. Llegó formalmente a inventariar la casa. Anotó en una planilla cuántos cuartos había en ella y quienes la habitábamos. Era una labor innecesaria, puesto que aquel hombre sabía de sobra cuántos cuartos tenía la mayoría de las casas en Punta Gorda y se conocía los nombres de todos nosotros de memoria. No sería la última visita que recibiríamos de miembros de la milicia revolucionaria, cada una motivada por una razón diferente.

Aquel día, el jardinero – y ahora líder revolucionario – partió intempestivamente de Korea no sin antes dejar una orden para que mi padre se presentara al día siguiente en “su oficina”, ubicada debajo de la mata de mango que había sembrado Panchita en su modesta casa de Boneval. Fue la última vez que lo vi y después de eso, ya no se me permitía jugar con Pipo y Ale. No solo extrañaba su compañía, sino los durofíos y las masitas de cerdo que nos hacía Panchita acompañada de chatinos (tostones) y abundante arroz congris (15) con yuca y mucho mojito.

Por aquellos días de agosto del año 61, la gente de Boneval llegaba a Punta Gorda en grupos de a veinte o treinta. Se paraban frente a nuestras casas y gritaban consignas revolucionarias cargadas de amenazas, rencor y resentimiento social. Eran siempre las mismas caras; Orlandito Cápiro me dijo un día que había visto a Pipo entre los que gritaban improperios en contra de nosotros. Afortunadamente jamás hubo una agresión física, pero todos teníamos el temor de que algún día aquella violencia dejaría de ser netamente verbal. Era imposible para mí, entonces, encontrar un vínculo entre aquellos facinerosos y la revolución cubana, la cual sería verde como nuestras palmas y liderada por Fidel Castro, quien tenía como sagrada misión, completar la obra de nuestro padre y apóstol, José Martí… o, al menos: ¡eso decía!

Eran las 6 de la mañana cuando salí de Korea. Entré como pude por la clausurada entrada del ahora intervenido club y me dirigí a la abandonada casa de botes, donde me había citado con mi amigo Miguelito Marcoleta (16), con quien compartía nuestra primera novia, Gloria María Portela (17). En un escondite y a buen resguardo, teníamos una caja de cigarrillos que se envolvían en papel amarillo, marca Partagás. Teníamos la intención de montar en nuestras bicicletas hasta el pueblo para visitar a Gloria María, quien aún no sabía que era nuestra novia. Ese día le diríamos que la queríamos y que tendría que escoger a uno de nosotros dos.

Con la intención de planificar aquella muy particular declaración de amor, procedimos a prender sendos cigarrillos, pero la reunión fue abortada cuando el sereno que la revolución había puesto en el club, se presentó con Sofía Montero, la “manejadora” (la nana) de mi hermana. Sofía llevaba órdenes que regresara inmediatamente a Korea. Tras obtener de ella la seguridad de su silencio en cuanto al cigarrillo que aún echaba humo desde el suelo, me monté en mi bicicleta y partí a toda carrera hacia la casa. De aquel momento solo lamento el no haberme despedido, para siempre, de mi amigo del alma, Miguelito Marcoleta, a quien jamás volví a ver.

El dueño del Progreso Cubano, almacén que nos traía los víveres a la casa antes de ser intervenido por la revolución, tenía una guagüita VW que había logrado mantener bajo su propiedad. Al llegar a Korea vi el vehículo metido dentro de nuestro garaje con medio cuerpo fuera. Noté que la guagüita estaba siendo cargada con nuestros televisores, camas, cacharros de cocina, ropa y todo lo que en ella cupiera. No entendía la razón por la cual nos estábamos mudando. La operación se repitió varias veces aquel día hasta quedarse la casa totalmente vacía. Luego, ya fuera de Cuba, supe que aquellos cacharros y muebles fueron repartidos entre antiguos empleados de mi padre y algunos amigos que dejábamos atrás.

Mi hermano mayor, Ricardo (18), estaba enterado de todo lo que estaba a punto de suceder, sin embargo, mi hermana y yo no teníamos la más mínima idea de lo que pasaba y cuando pedíamos información nos daban una explicación vaga.

Para nuestro inmenso asombro, aquella noche vi a mi padre reventar frenéticamente los waters (inodoros) y lavamanos de nuestra adorada Korea y por si fuera poco, con un bate de pelota reventó una lámpara Chandelier que era el orgullo de mi madre, la cual colgaba estratégicamente en el medio del cuarto de ambos; mi asombro era absoluto y total y algo me indicaba que tenía que guardar silencio. Aquella misma noche sacaron todos los aparatos de aire acondicionado y los metieron en la guagüita del Progreso Cubano y también se los llevaron abruptamente de la casa. Se estaban preparando para abandonar nuestro hogar, pero quien quiera que se adueñara de él, se encontraría con la destrucción total.

Korea, no solo se estaba desmoronando, sino que el responsable era su propio constructor y su mayor amante: ¡mi padre! Esa misma noche la dejamos atrás, triste e inválida con un lisiado brazo en alto pidiéndonos a gritos, en vano, que no la dejáramos ahí sola… que la lleváramos con nosotros, cualquiera fuera nuestro destino, cualquiera fuera nuestra suerte. Así murió, para nuestra familia, Korea, justamente 6 años después de haber nacido y de haber sido testigo de tantas navidades, de tantos cumpleaños, de tantas fiestas y ratos felices.

A las once de la noche abordamos el carro mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana, nuestro perro pequinés Chato (19) y yo. Supuestamente nos íbamos para Varadero. Nadie se alegró; nadie dijo nada. Nos fuimos de Cienfuegos aquella triste y fatídica noche del 20 de agosto de 1961; había vivido en ese pueblo de unos 100mil habitantes, cuatro mil quince días, casi todos, llenos de una absoluta felicidad; tomamos la vía de la derrota y enfilamos rumbo al inimaginable exilio, el cual, al menos, duraría 59 largos años… si es que no más.

En el trayecto que duró unas cuantas e interminables horas, se nos habló del itinerario real de aquel viaje. No iríamos a Varadero. Al igual que muchos de nuestros amigos, dejaríamos Cuba en un barco que zarparía para España. Por alguna extraña razón me transporté al triste día cuando mis padres me dijeron que ya era grande y que tenía que saber que los “Tres Reyes Magos”(20) no existían. Era, tal vez, la segunda gran noticia seria – de gente grande – que recibía en mi inocente vida de niño. Una vida que hasta aquel día, transcurría bajo una seguridad absoluta. Era imposible imaginarme entonces, la vicisitudes que comenzaría a experimentar al día siguiente y por muchos años. Nuestras vidas estaban a punto de cambiar radicalmente y para siempre… después de aquel viaje por carretera a La Habana, nuestras vidas serían, sin duda, diferentes.

Llegamos a la ciudad capital de La Habana, donde vivía Petra, mi abuela materna; allí desapareció por completo mi padre. Una sola diligencia recuerdo haber hecho con mi mamá y era la de visitar a un veterinario amigo quien nos dio un certificado que aseguraba que nuestro neurasténico pequinés, Chato, era callejero y por lo tanto tenía el derecho de abandonar la isla; los perros de raza significaban divisas para Fidel y no tenían el permiso para salir de Cuba.

En casa de mi abuela Petra había un grupo de unas 15 personas, todas desconocidas, quienes abordarían el barco junto a nosotros. Luego me enteré que eran contrarrevolucionarios perseguidos por Castro que estaban intentando huir de Cuba. De haberse enterado el G-2, tanto mi abuela como mis padres hubieran sido detenidos y seguramente sentenciados a largas condenas de prisión. Corrimos todos inmensos peligros entonces, pero más tarde – mientras crecía – fui aprendiendo que existe un sentimiento solidario entre hermanos de lucha que está por encima de la vida misma. No sería la última vez que expondríamos la seguridad colectiva de nuestra familia en pro de la recuperación de la patria.

El día 23 de agosto de 1961, es decir, tres días después de haber abandonado Cienfuegos, día de mi cumpleaños número once, nos montamos, primero en un barquito de unos 50 pies de eslora y luego en un destartalado y horripilante buque llamado Marqués de Comillas (21), el cual tenía bandera española y debía llevarnos a España haciendo escala en la isla de Curazao y Venezuela.

Ante aquella emocionante aventura no entendía por qué lloraban todos. La travesía entre el puerto y el barco duró apenas unos minutos, pero se hicieron siglos en mi corazón. Fue, tal vez, el momento más dramático y triste del éxodo. Sobre las olas picadas del mar de agosto, aquella mañana del 23, una mujer de nuestro bote comenzó a cantar un antiguo himno católico: “Oh María, madre mía… ¡Oh consuelo del mortal! ¡Amparadnos y guiadnos, a la patria celestial…!” Fue entonces cuando me aferré a mi madre y dejé que el llanto se adueñara de mis sentimientos.

Cuando llegamos al barco llegó una lanchita del G-2 y oímos cómo llamaban a mi padre mediante el uso de un megáfono. Afortunadamente el capitán del buque se negó a entregarlo alegando que él se encontraba ya en territorio español; más tarde nos enteramos que el jardinero de Korea, a quien mi padre había ayudado a curar su tuberculosis en los hospitales de Topes de Collantes, se había metido por los huecos donde habían estado los aparatos de aire acondicionado de la casa y había visto el desastre dentro de la vivienda; como todos los que abandonan el país están obligados a entregarle al régimen hasta los ceniceros (22), el jardinero consideró patriótico y revolucionario delatarnos ante el G-2. Por designios del destino y gracias al capitán español, mi padre se salvó de una posible condena de 30 años y nosotros de tener que quedarnos en aquel infierno.

Una vez seguros bajo el resguardo y protección de aquel valiente capitán español, mi madre se arrodilló ante nosotros y condujo lo que sería la tercera gran conversación de gente grande de mi vida. Los acontecimientos se estaban sucediendo con una rapidez impresionante; mi hermano y yo nos estábamos haciendo hombres abruptamente. Fue ahí cuando me enteré que mis padres eran contrarrevolucionarios y debo confesar hoy que me sentí profundamente avergonzado por ellos, pues en mi mente de niño no encontraba, entonces, algo peor que ser contrarrevolucionario. Menos mal que nos íbamos del país, pensé, porque no era muy agradable vivir en Cuba teniendo unos padres contrarrevolucionarios.

Mi madre me abrazó con fuerzas al tiempo que repetía una y mil veces que Fidel era un hombre malo que no quería a los niños cubanos, que no quería a Dios ni a la Virgen de la Caridad y que por eso nos íbamos de Cuba. Recuerdo aquella dramática confesión como si me la hubiesen hecho en la mañana de hoy. Era como ponerme a escoger entre Fidel, nuestro “libertador” y las deidades religiosas que me habían enseñado a venerar desde que tenía uso de razón. No fue nada fácil. Aquella conversación de gente grande me obligaba a reconsiderar los más elementales valores que se habían alojado profundamente en mi mente.

Mientas más intentaba separarme de mi madre más me apretaba ella. Sus lágrimas ensuciaban mi ropa de estreno comprada por mi abuela para el viaje. Fue la primera vez que sentí rechazo por alguien y tuvo, precisamente que ser mi madre a quien rechazaba. No era posible que aquella figura heroica, gigantesca, de aquel hombre que se tomó el tiempo de darme la mano mientras todo un pueblo lo aclamaba, se derrumbara así como así, sobre la cubierta de un viejo barco español y ante las indiferentes miradas de cientos de pasajeros que luchaban por subir sus equipajes y pertenencias a bordo.

El Marqués de Comilla era un antiquísimo buque con muy poca capacidad para pasajeros, sin embargo, sacaba de Cuba a casi cuatro mil personas; a pesar de que teníamos camarote, el mismo era muy pequeño, caluroso y pegado al cuarto de máquinas que producía un ruido insoportable, infernal y espantoso. Mi hermano y yo resolvimos ubicarnos en uno de los botes salvavidas. La noche de mi décimo primer cumpleaños la pasé durmiendo en la proa de uno de estos botes salvavidas tomado de la mano de mi hermano mayor sin saber si rezar o recitar el himno del “26 de Julio” (23).

Al día siguiente, muy temprano y bajo una tenue llovizna, comenzamos la travesía hacia el exilio. Fue la primera vez que sentí deseos de quedarme. Ausente de sentimientos, levanté la vista y contemplé la ciudad de La Habana: blanca, alta… en total silencio.

El viejo barco era remolcado por dos barquitos pequeños parecidos a las potalas que abundaban en la bahía de Cienfuegos. Los familiares de los pasajeros que quedaban en Cuba se habían alineados todos en las riveras del puerto de La Habana y nos despedían con pañuelos blancos que agitaban tristemente en el aire. El llanto era el factor común y contagioso en ambos bandos. Imperaba un impresionante silencio que le daba libertad al viento del mar para hacerse notar. Entonces, sin previo aviso, alguien en el barco echó un vibrante y desgarrador grito de “¡VIVA CUBA LIBRE!” y en tierra comenzaron a cantar el himno nacional. Podré vivir mil años y perder la memoria, pero aquella mañana del 24 de agosto de 1961, siendo probablemente las seis de la mañana, bajo las brumas de una tenue llovizna, jamás será olvidada.

Al combate corred bayameses, que la patria os contempla orgullosa; no temáis una muerte gloriosa, que el morir por la patria es vivir…” Era la primera vez que me detenía a escuchar nuestro himno, que más que himno es una marcha de guerra que incita a la batalla. Pensé en la muerte, en el orgullo de esa patria que nos contemplaba mientras salíamos a batallar. No era posible saberlo entonces, pero me esperaban no pocas batallas que enfrentaría sin miedo sabiendo que de morir en una de ellas viviría eternamente en el corazón de quienes quedaran detrás.

La travesía fue un contumaz tormento.  Las astillas de madera del viejo piso del buque nos penetraban los pies si transitábamos descalzos.  El desayuno de la mañana era un café con leche claro, aguado, frío y cargado de nata, razón por la cual desde entonces no puedo soportar, siquiera, el olor del café con leche.

Entonces, un día entre los cinco que duró la travesía a Curazao, sucedió algo espantoso.  Una niña cayó al mar y, según los entendidos españoles, fue succionada por las hélices, convirtiéndose en comida para los peces del Caribe.  El barco siguió su travesía sin inmutarse.

A las pocas horas de tocar puerto curazoleño, nos topamos con un buque soviético que se dirigía a Cuba, tal vez cargado de los misiles con cabeza nucleares que descubriría la CIA en octubre de 1962, provocando la llamada “Crisis de los Misiles” que puso al planeta al borde de la destrucción total.  Miles de cubanos que viajaban en el buque se aglomeraron a babor para gritarles improperios a los soviéticos, sin que sucediera mayor contratiempo, más allá de la descarga emocional.

En Curazao, el buque cargó petróleo de la refinería y partió rumbo a Venezuela.  La travesía había sido tan traumática que nuestros padres decidieron quedarse en la patria de Bolívar, hasta lograr los boletos aéreos que nos llevarían a nuestro pautado destino: ¡España!

Era imposible saber, aquella mañana del 24, que llegaría a tener cuatro hijos y que estos nacerían fuera de aquella tierra que poco a poco se nos alejaba hasta desaparecer eternamente de nuestros ojos para permanecer para siempre en nuestras almas. ¡Viva Cuba Libre!, una y otra vez gritaban nuestros padres hasta que comprendí que Cuba, aún, no era libre… pero que lo sería algún día y, en parte, para eso nos alejábamos de ella.

Aquella mañana del 24 de agosto de 1961, me hice cubano.

Los Alonso

La aparición de la rama de la familia Alonso a Cuba tuvo un principio trágico.  Benjamín, el hermano menor de nuestro abuelo José, se había enamorado de una mujer casada.  El marido descubrió la infidelidad y juró matar al amante de su esposa, es decir: ¡a mi tío abuelo!

Temeroso de morir a manos del celoso marido, Benjamín le picó adelante y una noche sin luna, lo esperó a una cuadra de su casa y le pegó un certero tiro que lo dejó sin vida.

Para escapar a la justicia, Benjamín se fue a Cuba, donde nadie lo conocía, donde él no conocía a nadie y donde se cambiaría el nombre y su apellido, un procedimiento que entonces era muy fácil llevar a cabo en aquella colonia española.

Cuba estaba ya tremendamente convulsionada.  Llegó a la isla el a principios de 1898, pocos meses antes de haber comenzado la llamada “Guerra Hispano-Estadounidense”.

La “Guerra Hispano-Estadounidense”, denominada comúnmente en España como “La Guerra de Cuba” o “El Desastre del 98”, fue un conflicto bélico que enfrentó a España y a los Estados Unidos en 1898, resultado de la intervención estadounidense en la guerra de Independencia cubana. Comenzó el 25 de abril y culminó el 12 de agosto de aquel año: 1898.  Duró, exactamente: 3 meses y 17 días.

Al final del conflicto España fue derrotada y sus principales resultados fueron la pérdida por parte de ésta de la isla de Cuba (que se proclamó república independiente, pero quedó bajo tutela de Estados Unidos), así como de Puerto RicoFilipinas y Guam, que pasaron a ser dependencias coloniales de Estados Unidos. En Filipinas, la ocupación estadounidense degeneró en “La guerra filipino-estadounidense de 1899-1902”. El resto de posesiones españolas del Pacífico fueron vendidas al Imperio alemán mediante el tratado hispano-alemán del 12 de febrero de 1899, por el cual España cedió al Imperio alemán sus últimos archipiélagos — las Marianas (excepto Guam), las Palaos y las Carolinas — a cambio de 25 millones de pesetas (17 millones de marcos).

Ese conflicto bélico entre Estados Unidos y España se enmarcó en un periodo en el que los grandes países europeos se disputaban aquellos territorios que deseaban convertir en sus colonias, ya fuera por ser ricos en materias primas, por abrir nuevos mercados y absorber la sobreproducción industrial, para enviar a aquella población que no tendría oportunidades de prosperar en sus países de origen o por la idea que imperaba por aquel entonces de la misión civilizadora de los territorios no desarrollados por parte de las grandes potencias.

Así, en la Conferencia de Berlín de 1884 las potencias europeas decidieron repartirse sus áreas de expansión en el continente africano, con el fin de no llegar a la guerra entre ellas. Otros acuerdos similares delimitaron zonas de influencia en Asia y especialmente en China, donde se llegó a diseñar un plan para desmembrar el país, que no pudo llevarse a cabo al desatarse la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, los acuerdos no acabaron por eliminar completamente las fricciones entre las potencias. A finales del siglo XIX, se sucedieron las disputas por determinados puertos y fronteras cuya delimitación no estaba clara, sobre todo en África. Ejemplos de esto fueron el incidente de Fachoda entre franceses y británicos; las disputas germano-portuguesas por el puerto mozambiqueño de Kionga; el ultimátum lanzado por los ingleses contra la expansión portuguesa en Zambia y la polémica desatada entre franceses, británicos, alemanes y españoles por el dominio de Marruecos.

Estados Unidos, que no participó en el reparto de África ni de Asia y que desde principios del siglo XIX estaba llevando a cabo una política expansionista, fijó su área de expansión inicial en la región del Caribe y, en menor medida, en el Pacífico, donde su influencia ya se había dejado sentir en Hawái y Japón. Tanto en una zona como en otra se encontraban valiosas colonias españolas (Cuba y Puerto Rico en el Caribe; Filipinaslas Carolinas y las Marianas y las Palaos en el Pacífico), que resultaron ser presas fáciles, debido a la fuerte crisis política que sacudía su metrópoli desde el final del reinado de Isabel II.

En el caso de Cuba, su fuerte valor económico, agrícola y estratégico ya había provocado numerosas ofertas de compra de la isla por parte de varios presidentes estadounidenses (John Quincy AdamsJames PolkJames Buchanan y Ulysses S. Grant), que el gobierno español siempre rechazó. Cuba no solo era una cuestión de prestigio para España, sino que se trataba de uno de sus territorios más ricos y el tráfico comercial de su capital, La Habana, era comparable al que registraba en la misma época Barcelona.

A esto se añade el nacimiento del sentimiento nacional en Cuba, que desde la Revolución de 1868 había ido ganando adeptos; el nacimiento de una burguesía local y las limitaciones políticas y comerciales impuestas por España que no permitían el libre intercambio de productos, fundamentalmente azúcar de caña, con los EE. UU. y otras potencias. Los beneficios de la burguesía industrial y comercial de Cuba se veían seriamente afectados por la legislación española. Las presiones de la burguesía textil catalana habían llevado a la promulgación de la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas (1882) y el Arancel Cánovas (1891), que garantizaban el monopolio del textil barcelonés gravando los productos extranjeros con aranceles de entre el 40 y 46 %, y obligando a absorber los excedentes de producción.  La extensión de estos privilegios en el mercado cubano asentó la industrialización de la región catalana durante la crisis del sector en la década de 1880, anulando sus problemas de competitividad, a costa de los intereses de la industria cubana, lo que fue un estímulo esencial de la revuelta. ​

La primera sublevación cubana desembocaría en la Guerra de los Diez Años (1868-1878) bajo la dirección de Carlos Manuel de Céspedes, un hacendado del oriente de Cuba. La guerra culminó con la firma del “Pacto de Zanjón”, que no sería más que una tregua. Si bien este pacto hacía algunas concesiones en materia de autonomía política y pese a que en 1880 se logró la abolición de la esclavitud en Cuba, la situación no contentaba completamente a los cubanos debido a su limitado alcance. Por ello los rebeldes volvieron a sublevarse 1879 hasta 1880 en lo que se llamaría “La Guerra Chica”.

Por otra parte, José Martí, escritor, pensador y líder independentista cubano, fue desterrado a España en 1871 a causa de sus actividades políticas. Martí en un principio tuvo una posición pacifista, pero con el pasar de los años su posición se fue radicalizando. Es por esto que convoca a los cubanos a “La Guerra Necesaria” por la independencia de Cuba.  Con tal fin, crea el Partido Revolucionario Cubano bajo el cual se organiza la guerra de 1895.

La escalada de recelos entre los gobiernos de Estados Unidos y España fue en aumento, mientras en la prensa de ambos países se daban fuertes campañas de desprestigio contra el adversario. En América, mediante escritos que publicaba la prensa estadounidense, se insistía una y otra vez en la valentía de los héroes cubanos (los mambises), a los que se mostraban como unos libertadores luchando por liberarse del yugo de la corona española, un reinado que era descrito como tiránico, corrupto, analfabeto y caótico. Por su parte, los españoles, que no tenían ninguna duda de la intención de Estados Unidos por anexionarse la isla, dibujaban a unos hacendados avariciosos y arrogantes, sostenidos por una nación de ladrones indisciplinados, sin historia ni tradición militar, a los que España debía dar una lección.

Cada vez parecía más inminente el desencadenamiento del conflicto entre dos potencias que otros países consideraban de segunda: un país impetuoso, joven y todavía en desarrollo, que buscaba hacerse un hueco en la política mundial a través de su economía creciente y otro viejo, que intentaba mantener la influencia que le quedaba de sus antiguos años de gloria. Los líderes estadounidenses vieron en la disminuida protección de las colonias, producto de la crisis económica y financiera española, la ocasión propicia de presentarse ante el mundo como la nueva potencia mundial, con una acción espectacular. De hecho esta guerra fue el punto de inflexión en el gran ascenso de la nación estadounidense como poder mundial, pero para su antagonista significó la acentuación de una crisis que tocaría fondo con una guerra civil en el siguiente siglo y no se resolvería hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando España finalmente logró recomponerse.

Ninguno de ambos bandos tenía gran experiencia militar. Las últimas campañas bélicas de EEUU se remontaban a su guerra civil (1861-65) y las campañas contra los indígenas de los Estados Unidos (en torno a 1870-90). En el caso español, además del conflicto independentista de Cuba y Filipinas, sus últimas experiencias bélicas fueron la Tercera Guerra Carlista (1872-76) y la Guerra de Margallo en Marruecos (1893-94).

En Cuba la situación militar española era complicada. Los mambises, dirigidos por Antonio Maceo y Máximo Gómez, controlaban el campo cubano quedando solo bajo control colonial las zonas fortificadas y las principales poblaciones. El capitán general español, Valeriano Weyler, designado para la isla, decidió recurrir a la política de Reconcentración, consistente en concentrar a los campesinos en “reservas vigiladas”. Con esta política pretendía aislar a los rebeldes y dejarlos sin suministros. Estas reservas vigiladas provocaron que empeorara la situación económica del país, que cesó de producir alimentos y bienes agrícolas. ​ Se supone que alrededor de 200 a 400mil cubanos murieron a causa de ellas.

Esta situación hizo que se radicalizara aún más el proceso independentista y la exacerbación del odio hacia el dominio colonial. En La Habana, se sucedían manifestaciones y enfrentamientos entre los sectores independentistas y realistas, a favor de España. Por otra parte, muchos cubanos influyentes reclamaban insistentemente en Washington la intervención estadounidense, como sucedería mucho después, en la Venezuela chavista-madurista. El gobierno de Estados Unidos, viendo la posibilidad de que el ejército independentista en Cuba lograra derrocar finalmente al español y con ello perder la posibilidad de controlar la isla: ¡se decide a intervenir!

El gobierno estadounidense envió a La Habana el acorazado de segunda clase Maine. El viaje era más bien una maniobra intimidatoria y de provocación hacia España, que se mantenía firme en el rechazo de la propuesta de compra realizada por los Estados Unidos sobre Cuba y Puerto Rico. El 25 de enero de 1898, el Maine entró en La Habana sin haber avisado previamente de su llegada, lo que era contrario a las prácticas diplomáticas tanto de la época como actuales. En correspondencia a este hecho, el gobierno español envió al crucero Vizcaya al puerto de Nueva York.

A pesar de lo inoportuno de la visita, la población habanera permanecía tranquila y expectante y parecía que el capitán general español, Ramón Blanco, controlaba perfectamente la situación. Por otra parte, a pesar de que el Maine tuvo un gélido recibimiento por parte de las autoridades españolas, Ramón Blanco y el capitán del navío, Charles Dwight Sigsbee, simpatizaron desde el primer momento y se hicieron amigos.

Sin embargo, terminando la noche del 15 de febrero de 1898, una explosión iluminó el puerto de La Habana: ¡el Maine había saltado por los aires! De los 355 tripulantes, murieron 254 marineros y dos oficiales.  Muchos de los marineros, en su mayoría, eran de raza negra.  Años después esta “coincidencia” dio motivos para asegurar que los negros fueron colocados en el buque a sabiendas de que sería el propio gobierno estadounidense que haría explotar al Maine. El resto de la oficialidad estadounidense del acorazado disfrutaba, a esas horas, de un baile dado en su honor por las autoridades españolas.

Sin esperar el resultado de una investigación, la prensa de William Randolph Hearst publicó al día siguiente el siguiente titular: «El barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo».

A fin de determinar las causas del hundimiento, se crearon dos comisiones de investigación, una española y otra estadounidense, puesto que estos últimos se negaron a una comisión conjunta. ​ Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión española fue que la explosión era debida a causas internas. Los españoles argumentaron que no podía ser una mina como pretendían los estadounidenses, pues no se vio ninguna columna de agua y, además, si la causa de la explosión hubiera sido una mina, no tendrían que haber estallado los pañoles de munición. En el mismo sentido, hicieron notar que tampoco había peces muertos en el puerto, lo que sería normal en una explosión externa.

Tradicionalmente ha sido una opinión muy extendida entre los historiadores cubanos y españoles el creer que la explosión fue provocada por los propios estadounidenses para utilizarla como excusa para su entrada en la guerra en una operación de bandera falsa. ​ Algunos estudios desde la década de 1970 hasta la actualidad apuntan a una explosión accidental de la santabárbara, motivada por el calentamiento de los mamparos que la separaban de la carbonera contigua, que en esos momentos estaba ardiendo.

Otros estudios recientes han señalado que, dados los desperfectos causados por la explosión, si la misma hubiera sido provocada por algún artefacto externo, esta habría hecho al barco saltar (literalmente) del agua. Algunos de los documentos desclasificados por el gobierno de EE. UU. sobre la Operación Mangosta (proyecto para la invasión de Cuba posterior al fracaso de bahía de Cochinos) avalan la polémica hipótesis de que la explosión fue causada en realidad por el propio gobierno de EE. UU. con el objeto de tener un pretexto para declarar la guerra a España.

España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst, hoy día el Grupo Hearst, uno de los principales imperios mediáticos del mundo, convencieron a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España, a pesar de las críticas de algunos intelectuales estadounidenses, como el poeta Edgar Lee Masters.

Estados Unidos acusó a España del hundimiento y declaró un ultimátum en el que se le exigía la retirada de Cuba, además de empezar a movilizar voluntarios antes de recibir respuesta. Por su parte, el gobierno español rechazó cualquier vinculación con el hundimiento del Maine y se negó a plegarse al ultimátum estadounidense, declarándole la guerra en caso de invasión de sus territorios, aunque, sin ningún aviso, Cuba ya estaba bloqueada por la flota estadounidense. En cuanto al hundimiento del Maine, varios estudios posteriores han llegado a la conclusión de que lo más probable es que la explosión fuese provocada desde dentro del buque, debido a una ignición de la santabárbara, ​ común en los buques estadounidenses de la época.

Comenzó así la Guerra hispano-estadounidense, que con posterioridad se extendió a otras colonias españolas como Puerto RicoFilipinas y Guam.

En 1975, el almirante estadounidense Hyman G. Rickover, al frente de un equipo de investigadores, reunió todos los documentos e informes de las comisiones encargadas de la investigación en 1898, las de 1912, cuando se extrajeron los restos del buque, y cuantas declaraciones, publicaciones y fotografías pudo obtener. Después de un exhaustivo análisis de todo el material dictaminó sin lugar a dudas que una fuente interna fue la causa de la explosión del Maine.

Con anterioridad a los hechos del Maine, Estados Unidos ya había ordenado a su flota del Pacífico que se dirigiera a Hong Kong e hiciera allí ejercicios de tiro hasta que recibiera la orden de dirigirse a las Filipinas y a la isla de Guam.

Tres meses antes también se había decretado bloqueo naval a la isla de Cuba sin que mediara declaración de guerra alguna, y cuando finalmente se declaró esta, se hizo con efectos retroactivos al comienzo del bloqueo. ​

Las tropas de Estados Unidos rápidamente arribaron a Cuba. La Armada de los Estados Unidos destruyó dos flotas españolas, una en la batalla de Cavite, en Filipinas y otra en la batalla naval de Santiago de Cuba cuando la flota española intentaba, sin casi esperanza, escapar a mar abierto. Sin embargo, los españoles solo habían logrado hundir un barco estadounidense en toda la guerra: el USS Merrimac. Por si fuera poco, algunas de las mejores unidades de la armada como el Acorazado Pelayo o el crucero Carlos V no intervinieron en la guerra​ a pesar de ser superiores a sus contrapartidas estadounidenses, aumentado la sensación entre algunos de que se estaba asistiendo a una “demolición controlada” por parte del gobierno español de colonias ingobernables que se iban a perder más pronto que tarde para evitar que el régimen de la restauración colapsara (de hecho, las pocas posesiones que España conservó tras esta guerra fueron vendidas en 1899 a Alemania). Finalmente, el gobierno español pidió en julio negociar la paz.

Santiago de Cuba se rindió el 16 de julio. Algunas cifras estiman los fallecidos en la campaña, que culminó con la toma de Santiago, en alrededor de 600 por la parte española, 250 por la estadounidense y 100 por la cubana. A pesar de que la guerra fue ganada principalmente por el apoyo de los mambises, el general Shafter impidió la entrada victoriosa de los cubanos en Santiago de Cuba, bajo el pretexto de “posibles represalias”.

El 25 de julio, el general Nelson A. Miles, con 3300 soldados, desembarcó en Guánica comenzando la ofensiva terrestre en Puerto Rico. Las tropas de EE. UU. encontraron resistencia a comienzos de la invasión. La primera escaramuza entre los estadounidenses y las tropas españolas y portorriqueñas tuvo lugar en Guánica y la primera resistencia armada se produjo en Yauco, en lo que se conoce como el Combate de Yauco. Este encuentro fue seguido por los combates de Fajardo, Guayama, Coamo y por el del Asomante. Toda una serie de operaciones navales como el bloqueo de las costas de Cuba y el bombardeo de las fortificaciones españolas en San Juan de Puerto Rico, por el acorazado USS Iowa, el crucero acorazado USS Nueva York y otros buques de guerra, el apoyo proveniente de los cañones de la armada norteamericana contra las costas y los desembarcos del ejército en Cuba y Puerto Rico llevaron al rápido final de la contienda. Estados Unidos nunca pudo apropiarse de Puerto Rico ni ocupar la isla, lo cual terminó pasando por la rendición de España por sus derrotas en Filipinas y Cuba.

El 20 de mayo de 1902 nació la República de Cuba siendo electo Tomás Estrada Palma como su primer presidente. A este primer gobierno correspondería la tarea de formalizar los vínculos de dependencia con Estados Unidos. Aunque fue criticado por ello, logró su reelección; lo que provocó la sublevación del opositor Partido Liberal desencadenando una nueva intervención estadounidense, luego de la cual Estados Unidos crea el ejército permanente cubano, para no tener que volver a ocupar el país en un futuro.

La economía cubana había crecido muy rápidamente durante las dos primeras décadas del siglo, estimulada por la favorable coyuntura creada por la reciente guerra mundial. No obstante ese crecimiento era extremadamente unilateral, basado de modo casi exclusivo en el azúcar y en las relaciones mercantiles con Estados Unidos. Por otra parte, los capitales estadounidenses que habían afluido a la isla con ritmo ascendente eran los principales beneficiarios del crecimiento, puesto que controlaban el 70 por ciento de la producción azucarera además de su infraestructura y los negocios colaterales.

A primera constitución cubana se le hizo una enmienda llamada “La Enmienda Platt”, propuesta por el senador estadounidense Orville H. Platt y de ahí, en su honor, el nombre.  Básicamente, la enmienda le permitía al gobierno de Estados Unidos intervenir en Cuba militarmente, en caso de que Estados Unidos o sus intereses, se sintieran amenazados por los eventos ocurridos en una Cuba situada a 90 millas de las costas sur estadounidenses.

Muchos españoles, como Benjamín – a quien jamás conocí – se quedaron en la Cuba ya independiente y otros, como el padre de Fidel Castro – Ángel – regresaría a ella, luego de haber cumplido en la isla su servicio militar, luchando a favor de la corona española.

En la primera década del pasado siglo XX, llegó a Cuba nuestro abuelo, José Manuel Alonso Fernández.  Llegó en circunstancias muy diferente a las de su hermano menor.  Moriría en su exilio de Venezuela, a la edad de 94 años.  Se enredó con la alfombra de bienvenida del apartamento de mis padres, se fracturó la cadera y poco después de ser operado: falleció.

El 13 de octubre de 1983, siete años después de la muerte de mi abuelo Don Alonso, me levanté de mi cama a media noche y me puse a garabatear un poema que definiera mis sentimientos con respecto a él… esto fue lo que me salió del corazón:

El Abuelo dejó en mi quieta noche, / el encanto melifluo del alba, / y callaron los pájaros del bosque, / al quedarse su cuerpo sin su alma.

Su sonrisa tornaba en sutil llanto, / al mirar hacia atrás, en busca de su España, / y callaba los vientos con su canto, / al compás del recuerdo de la gaita.

Era lento al andar por mis senderos, / y al partir, alejándose, su alma / aún creía tener que andar los trechos, / que arrastraba consigo en la distancia.

El Abuelo, en su eterna travesía, / entre memorias cálidas y entre tristes recuerdos, / debe estar en los cielos, orgulloso, / de que siempre yo le siga queriendo.

Don Alonso, como solía llamarle su esposa – la Abuela Carmelina – estuvo a punto de ordenarse sacerdote salesiano en su Oviedo natal, en la provincia de Asturias, de donde proviene el Alonso con “S”.  Dicen que los Alonzo con “Z” son gallegos.  En todo caso: “gallegos y asturianos somos primos hermanos.”

Era costumbre entonces, que antes de ordenarse sacerdote, los seminaristas se tomaban un “año sabático”, durante el cual comprobaban – supuestamente – que tenían vocación sacerdotal.  Don Alonso decidió tomarse ese año sabático en la isla de Cuba, donde ahora tenía ya tres hermanos: Celestino, Constantino y Benjamín.

Llegando a Cuba, el abuelo tuvo que pasar por la consuetudinaria cuarentena.  Cumpliendo ese término de tiempo, vio su primer hombre “de color”, que trabajaba en la cocina.   Sintió tanta repulsión que malamente pudo comer durante el tiempo impuesto por las autoridades sanitarias cubanas.  Su hermano Constantino, sin embargo, desarrolló una marcada afición por las mulatas cubanas, convirtiéndose en un contumaz petrolero, como se les llamaba en Cuba a aquellos blancos que gustaban de las negras o de las subidas de tono.

Constantino llegó a tener dos mujeres, una legal (asturiana, que se llevó de Asturias) y otra ilegal: mulata, que se consiguió en Cuba.  Con la mulata tuvo una hija, a la que jamás conocimos.  Se paseaba con su amante, orgullosamente, por el Prado de Cienfuegos.

Junto a Celestino, Constantino montó una ferretería y una fábrica de lámparas, “Lámparas Alonso”, donde trabajó, de muchacho, Guillermo Álvarez Guedes, el famosísimo humorista cubano, recientemente fallecido.  Ambos eran franquistas, aunque no participaron en la guerra civil española, porque ya tenían años establecidos en Cuba.  Llegada la II Guerra Mundial, Constantino abrió la boca en demasiadas oportunidades y en muchos lugares, declarándose a favor de Adolfo Hitler.  Cuba le había declarado la guerra al Eje (Alemania-Italia-Japón), en solidaridad con Estados Unidos.  En consecuencia, Constantino fue denunciado y acusado de “alta traición”, terminando en una especie de campo de concentración donde había solamente un detenido de nacionalidad japonesa, que había sido declarado espía, cuando en realidad era vendedor de helados, cuyo hijo – Okata – siguió la tradición hasta llegada la revolución castrista.

Constantino estuvo detenido un par de meses y fue rescatado gracias a su hermano, Don Alonso, quien ya tenía prestigio en Cienfuegos, donde llegó a ser propietario de uno de los almacenes de víveres de mayor éxito del pujante pueblo al que en Cuba llamaban “La Perla del Sur”, un importantísimo puerto marítimo, el tercero de importancia en la isla, después del de La Habana y del de Santiago de Cuba.

Don Alonso llegó a Cuba y se instaló en la capital de la entonces-provincia de Las Villas: la ciudad de Santa Clara.  Allí conoció a mi abuela, Carmelina, de quien se enamoró de un solo flechazo.  Se casaron en 1913.  Tuvieron 3 hijos varones.  Don Alonso nos aseguraba que fue la única mujer de su existiencia.  Llevó una vida metódica y tranquila.

Carmelina, por su parte, era hija de una cubana y de un paisano asturiano de don Alonso.  Tenía un importante almacén de víveres en Santa Clara y al morir, dejó una considerable fortuna, entre las que se contaban un centenar de viviendas y locales que alquilaba.  Contaba Don Alonso que durante la depresión mundial, Don Ricardo, el padre de Carmelina, tenía un local alquilado a un barbero que le pagaba 10 centavos al mes: ¡y se atrasaba en los pagos!

Don Ricardo era un tanto mujeriego.  un día, la criada (muchacha de servicio) de una vecina, se le presentó a Doña María, esposa de Don Ricardo, para pedirle un centín, a cambio de la información sobre la nueva amante de Don Ricardo.  Cuenta la abuela Carmelina que Doña María se levantó, fue a su cuarto y le trajo dos centines a la informante: ¡para que no se lo dijera!

Doña María y Don Ricardo tuvieron cuatro hembras y tres varones. A las hembras, Doña María les recomendaban que mientras estuvieran solteras, abrieran bien los ojos y cerraran bien las piernas, pero que cuando se casaran… abrieran bien las piernas: ¡y cerraran bien los ojos!

No se sabe de qué murió Don Ricardo.   Dicen que lo mataron los médicos al darle de tragar una considerable cantidad de bolitas de plomo, para “enderezarle los intestinos”, un procedimiento médico que se utilizaba en la Cuba del principio del siglo XX. Años después se supuso que Don Ricardo había muerto, en medio de atroces dolores, de una peritonitis provocada por el “tratamiento”.  Doña María, sin embargo, murió cercana a los cien años, con su mente clara… como moriría mucho después su hija Carmelina, mi abuela, ya en su largo exilio en Venezuela.

Don Ricardo no llevaba la contabilidad de sus negocios.  Un día Don Alonso, quien ya era contador y pretendiente de su hija Carmelina, le propuso llevarle la contabilidad a su suegro y éste le dijo que él prefería no saber lo que ganaba, porque para eso, tendría que saber lo que gastaba y tal cosa no era de su agrado.

La única rama de nuestra familia que era cubana provenía de la familia de Doña María, a quienes sus nietos y biznietos llamaban Abuelita Doña María.  El padre de Doña María era asturiano, pero la madre era cubana y de ahí, según un chiste que corría entre sus descendiente, venía la sangre negra de la familia.

Cuando Cuba abolió la esclavitud, en 1880, Doña María – quien había nacido en 1861 – contaba 16 años de vida.   Sus padres tenía esclavos y al ser emancipados, casi la totalidad se quedó a trabajar con los Peláez, la familia de Doña María.  No hubo mayores cambios, porque los ex esclavos no exigían un salario y el escenario siguió igual hasta que todos se fueron muriendo.  Llegué a conocer a la última “esclava” que tuvo Doña María, un poco más joven que ella. Ya no podía trabajar pero seguía viviendo en la casona que Don Ricardo García habitaba con su mujer e hijos en la calle Cuba de Santa Clara, donde pasamos muchas navidades en unión a la inmensa familia generada por Don Ricardo García y Doña María Peláez.

Durante la guerra de Independencia (1895-1898), Don Ricardo, quien era español, fue asignado a la dirección de la prisión de Santa Clara, donde tuvo un digno desempeño.  Según Carmelina, ayudó a muchos mambises que caían prisioneros de los españoles.  Debió haber sido cierto, porque tras la derrota de España, no sufrió represalias por parte de los victoriosos cubanos.  Sin embargo, la familia se dividió en realistas y mambises; unos pro España y otros pro Cuba.  Unos hermanos de Doña María se fueron a la manigua (al monte) para luchar en contra de España y otros, se convirtieron en guerrilleros, que era como se les llamaban a los cubanos que estaban a favor de la corona española.  Un hermano de Doña María, realista o guerrillero fue apresado por los mambises y torturado de una manera horrible.  Se le sacó ambos ojos con una bayoneta.  No llegué a conocerlo, pero dicen que murió a una edad avanzada.

El General Gerardo Machado, de quien hablaré ampliamente más adelante, era un carnicero de Santa Clara, muy amigo de Don Ricardo, mi bisabuelo.  Fue general del ejército mambí y llegó a ser presidente de Cuba entre 1925 hasta 1933, cuando fue trágicamente derrocado.  Según aseguraba el abuelo Don Alonso, fue el mejor presidente que tuvo Cuba, aunque luego la ambición de poder lo convirtió en dictador.

Gerardo Machado y Morales, salvó su vida gracias a la ciudad de Santa Clara, tras uno de los planes más macabros que conoció la historia política de Cuba.

El plan para asesinar al ya-dictador Machado, incluía – en una primera fase – el asesinato del presidente del senado, Clemente Vázquez Bello.  Los conspiradores, miembros de grupo opositor llamado “ABC” (los abecedarios) consideraban que al morir el prominente senador, sería enterrado en el cementerio de La Habana, a cuyo entierro asistiría Machado con su gabinete en pleno.  Antes del atentado mortal, los conspiradores colocaron dinamita en el sector donde creían que iba a ser enterrado Vázquez Bello, quien ya había sido escogido y sentenciado.

El plan falló, porque el senador y su viuda eran – al igual que Machado – oriundos de Santa Clara y en el cementerio villaclareño la familia tenía un importante panteón.  En tal sentido, a última hora, la viuda decidió enterrar a su difunto marido en Santa Clara y no en La Habana.  Por supuesto, de haberse llevado a cabo el plan en todas sus fases, los conspiradores hubieran masacrados a más de un centenar de personas, entre deudos, periodistas, políticos y curiosos.  En Miami conocí a la única sobreviviente de aquellos conspiradores de la década de los treinta, con quien tuve la oportunidad de conversar: una señora ya-muy mayor que hacía vida política en la ciudad floridana.

Don Alonso y Carmelina tuvieron, como dije antes, tres hijos: José Manuel (nacido en 1915); Armando (nacido en 1917) y mi padre Ricardo José Dionisio (nacido en 1919).

Tanto José Manuel como Armando fueron abogados y ambos notarios.  En el exilio, se convirtieron en profesores de importantes universidades de los estados de Washington, California y La Florida.  A Armando le llamábamos Abogado al Cuadrado, porque tenía dos doctorados y fue al que peor le fue en el plano económico.  Llegó, para sobrevivir, a vender huevos y caramelos en las calles de Miami.  Durante la guerra de Vietnam ambos tíos prosperaron, porque muchos jóvenes, para evitar ser reclutados, se inscribían en universidades y tomaban la materia de español.  Ambos tíos fueron profesores universitarios de español.   Al terminar la guerra, todo ese escenario se vino abajo y comenzaron, ambos, a penar.

Al mayor de los hijos, José Manuel, le llamábamos Panino, porque era el padrino de mi hermano mayor, Ricardo.  Más adelante lo bauticé como Montalvo, por una historia que nos había contado Don Alonso sobre Don Montalvo, el hombre más rico de un pequeño cacería llamado Rodas, cercano a la ciudad de Cienfuegos, en la provincia de Las Villas, que tenía una sola calle: ¡y de tierra!

Montalvo era el único habitante de Rodas que tenía letrina, pero jamás se acostumbró a ella y prefería hacer sus necesidades fisiológicas en el campo, como todos los vecinos del caserío.  Una noche el sereno de la comarca vio un movimiento extraño en un maizal, propiedad de Don Montalvo y para allá fue a investigar.  Cuál sería la sorpresa del sereno cuando al iluminar con su linterna el bulto que se movía, notó que se trataba de Don Montalvo, el único dueño de una letrina en Rodas.  Dicen que el sereno exclamó: “¡Hombre, Don Montalvo!  ¿Con letrina en la casa y haciendo la necesidad en el campo?”  De ahí en adelante, cuando el tío José Manuel me saludaba, exclamaba: “¡Hombre, Montalvo!”

Montalvo, mi tío, llegó a convertirse en un prominente poeta.  Amante de los sonetos, me enseñó a construirlos con un famoso soneto:

Un soneto me manda a hacer Violante / y en mi vida me he visto en tal aprieto

catorce versos dicen que es soneto, / burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante / y estoy en la mitad de otro cuarteto,

mas si me veo en el primer terceto / no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primero de los tercetos voy entrando / y aún presumo que entré con pie derecho

pues fin con este verso ya voy dando. / Ya entré por el segundo y aún sospecho

que estoy los trece versos acabando / contad si son catorce y está hecho.

Montalvo también fue un picaflor.  Un día, cercano a los 80 años de edad, se topó, en las calles de Miami, con una señora de su edad que le pareció conocida.  Resultó que era la primera novia de su infancia, oriunda de la provincia de Matanzas.  Según él, brotó entonces el mejor romance de su vida: ¡65 años más tarde!  Para escapársele a Milagros, su esposa, decía que iba a reunirse en una peña intelectual que había en Miami.  Muchas veces lo llevé al encuentro con su amada.

Corrió en Cuba unos versos anónimos sobre Matanzas que versaba sobre el dueño de un circo que cogió candela mientras cumplía compromisos artísticos en la mencionada provincia.  Los versos decían así:

Matanzas, me cago en ti y en tu puñetero pan / en tu cochino San Juan y en tu sucio Yumurí.

El hambre que pasé allá / jamás lo echaré en el olvido.

El mono se me ha perdido / se me ha quemado el telón / y el puñetero león, no sé dónde se ha metido.

Inspirado en su amor y en el popular verso matancero, Montalvo escribió una nueva versión:

Matanzas te llevo en mí, junto con tu lindo pan / tu caudaloso San Juan y tu bello Yumurí.

El amor que tuve ahí, jamás lo eché en el olvido / y al pensar en lo vivido comprendo con emoción

que en ti dejé el corazón / que creía haber perdido.

Montalvo desarrolló un cáncer estomacal y era diabético.  Primero le amputaron una pierna y cuando le fueron a amputar la otra, decidió que ya era hora de despedirse.  Su médico lo conectó a una máquina de morfina y se nos fue en dos días.  Se pudo despedir de toda la familia, pero sus hijos no lo dejaron despedirse de la matancera, quien – para entonces – era la mujer que él quería.  Al despedirse de mí en privado, le pedí que si los muertos podían aparecérseles a los vivos, que no dudara en hacerlo conmigo.  Jamás lo volvía a ver, ni en vida ni después de fallecer, sin embargo, una de sus hijas aseguraba que, con frecuencia, se le aparecía en su casa.

Cuando supo que su cáncer era terminal, escribió un soneto que jamás podré olvidar, al que tituló “El Reto”:

Te habré de recibir espada en mano / en alto la visera, el pecho abierto

en el brazo el escudo al descubierto / con el altivo gesto de un Quijano.

No blandiré en ataque el toledano / ni alzaré la rodela en desconcierto,

pues no he de acobardarme ante lo incierto / que se oculte en la fuente de mi arcano.

Quiero mirarte de hito, frente a frente / sin mostrarme alardoso ni insolente,

mas sin temblar tampoco en tu presencia / que al cabo – bien lo sé – no he de vencerte,

pero me marcharé contigo, ¡oh Muerte! / de igual a igual al trono de la esencia.

Me despedí de “Montalvo” con un soneto que fue leído en su velorio.  Lo titulé “Adiós a Montalvo”:

La noche apareció como acechanza / infausto y desgraciado dolor mío,

el cáncer que de muerte hirió a mi tío / partió mi corazón como una lanza.

La vida, con su rito de alabanza / le canta una canción como agua al río,

tratando de frenar mi desvarío / encuentro yo en su fuerza mi esperanza.

Y entrando ya en su hora de partida / con lágrimas en sus ojos miro al cielo, buscando la razón

que está perdida.

Llanto y risa habrá en un solo despertar / esperando la horrible despedida.

Decirte adiós no quisiera: ¡qué pesar!

El Machadato

Gerardo Machado, quien según mi abuelo fue el mejor presidente que tuvo Cuba en toda su historia republicana, era oriundo de Camajuaní, comarca cercana a la ciudad de Santa Clara.  Tuvo dos períodos.  El primero fue excelente.  Machado construyó el Capitolio, una réplica – mejorada – del capitolio de Washington DC, cuya cúpula superaba en altura al capitolio estadounidense.  Además de otras obras públicas importante, dotó a la isla de La Carretera Central, que atravesaba Cuba.

En 1917, Machado — quien militaba en el Partido Liberal — estuvo involucrado en “La Guerra de La Chambelona”. El nombre de este conflicto fue conocido con el nombre de «Chambelona» debido a una tonada con ese título que identificaba a los liberales cubanos de la década de 1910. Este conflicto fue producto de que el entonces presidente conservador, el general Mario García Menocal, se presentaba como candidato presidencial en las elecciones presidenciales de 1916 para postular su reelección, y al conocerse de forma preliminar la victoria del candidato liberal Alfredo Zayas, el gobierno decidiera violentar las elecciones mediante el fraude y proclamar la reelección del presidente Menocal.

Como consecuencia de lo hecho por el gobierno de Menocal, el 12 de febrero de 1917, ocurrió el estallido de la guerra que se conocería como “La Chambelona”.  ​ En Oriente y en Camagüey esta fue encabezada por elementos del ejército regular. Los liberales alzados en armas lograron dominar el territorio de la provincia de Camagüey, así como la ciudad de Santiago de Cuba. El ex presidente y General José Miguel Gómez se puso al frente de los alzados y marchó contra las fuerzas gubernamentales hacia La Habana. En apoyo del gobierno salió el embajador estadounidense William Elliott Gonzales, quien lanzó una proclama en la que se anunciaba a los alzados que el gobierno de su país los consideraría sus enemigos y no reconocería su victoria, aferrándose así al pie de la letra según lo establecido en la Enmienda Platt.  Esta proclama debilitó el alzamiento liberal del cual Machado formaba parte. No debe pasar desapercibido que en esta guerra se decía que los liberales eran pro-alemanes (cuando estos no tenían nada que ver con los germanos en guerra con estadounidenses),  lo cual fue ocupado como pretexto por las fuerzas de Menocal. Cabe destacar que siguiendo las pautas de las autoridades estadounidenses, el gobierno conservador declaró la guerra al Imperio alemán el 7 de abril de ese mismo año, lo cual fue una declaración meramente testimonial dado a que no existió enfrentamiento entre ambas naciones.

El propio presidente Menocal asumió la dirección de la campaña militar, trasladando los altos mandos del ahora constituido ejército y la Marina de Guerra al Palacio Presidencial. En menos de tres meses fueron vencidos los liberales.  Prisioneros de guerra quedaron el General Gómez, Machado, Zayas y sus hombres. Sin embargo, sin estar aún sofocado el levantamiento se realizaron las elecciones complementarias. Las tropas regulares ocuparon los colegios electorales y aseguraron el triunfo de Menocal.

Machado, fue electo presidente de la república, asumió el cargo el 20 de mayo de 1925. Se destaca por decir que al final de su mandato pediría la abrogación de la Enmienda Platt.  ​ Llegó al poder en un momento en que los precios mundiales del azúcar caían, pero pese a eso su primer mandato coincidió con un período de prosperidad gracias a una gran inversión de Estados Unidos en la industria azucarera. Dada la bonanza, el gobierno de Machado se embarcó en un ambicioso programa de obras públicas. Quería hacer de su país la «Suiza de las Américas». Esto permitió que Machado tuviese una opinión favorable de parte de los cubanos.

Machado realizó la ampliación de la Universidad de La Habana y la expansión de sus instalaciones de salud. Otros edificios clave construidos bajo su administración fueron el Hotel Nacional de Cuba, el Centro Asturiano (hoy Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana), el Edificio Bacardí y el Hotel Presidente. También patrocinó un proyecto de ley de reforma arancelaria en 1927 que brindaba protección a ciertas industrias cubanas. A pesar de estas obras y logros económicos corolarios, la dependencia de Cuba sobre el azúcar continuó y la influencia e inversiones de los Estados Unidos aumentaron.

Machado había sucedido, en 1925, al Dr. Zayas como presidente. A pesar de su promesa de no presentarse a la reelección, intentó modificar la Constitución de 1901 para poder mantenerse en el poder. Como resultado, un estado generalizado de desorden público se volvió casi permanente. Fue bajo estas circunstancias que Machado fue reelegido sin oposición en 1928, dando así comienzo a su dictadura que culminó en el llamado “Machadato”, en 1933.  Decía el abuelo Alonso que miembros de su entorno le habían convencido de continuar en el poder, a lo que Machado sucumbió.

Sus detractores afirmaron que se volvió despótico y forzó su camino hacia un segundo mandato. A lo largo de su campaña durante las elecciones generales de 1924, Machado declaró en numerosas ocasiones que no aspiraba a ser reelegido, pero solo dos años después de su presidencia cambió de opinión. En 1927, Machado impulsó una serie de enmiendas constitucionales para permitirle buscar la reelección, algo parecido a lo que hiciera décadas después Hugo Chávez en Venezuela, que obtuvo en las elecciones presidenciales de 1928. Este acto de continuismo, junto con la creciente depresión económica causada por un descenso relativo de los precios del azúcar a partir de 1925 que tuvieron su agravación debido al crac de 1929 generaron un gran descontento popular y movilizaciones, las que Machado intentó reprimir severamente, al estilo del General Pérez Jiménez en Venezuela. Este panorama condujo a una inestabilidad política, social y económica significativa.

Machado también se enfrentó a la reacción de los estudiantes universitarios de la Universidad de La Habana (prácticamente la única del país) después de la formación del Directorio Estudiantil Universitario en 1927. Después de varias protestas y la muerte de los miembros de DEU (siendo la más impactante la del dirigente estudiantil Rafael Trejo) Machado cerró aquella universidad en 1930. También es digno de destacar que durante este mandato fue asesinado el joven dirigente comunista Julio Antonio Mella, quien se tornó en un ferviente activista anti-Machadista. El asesinato fue llevado a cabo en Ciudad de México por unos sicarios del ya-dictador Machado, mientras el joven cubano se encontraba con su novia italo-mexicana Tina Modotti. El futuro premio nobel de literatura chileno Pablo Neruda, más tarde dedicaría a Mella palabras como que Mella tenía «aquella exuberancia incomparable de vida, puesta con la pasión de una juventud extraordinaria al servicio de la Revolución».

La anarquía ya se había desatado en todo el país, y la venganza contra los machadistas así como la represión de su gobierno fueron totales. Ante esto, Machado, sin nada de apoyo, dimitió.  Un pandemónium se apoderó de la isla en agosto de 1933.  Hubo centenares de saqueos y ajusticiamientos callejeros.   Numerosos machadistas fueron detenidos y arrastrados hasta la muerte por automóviles a los cuales fueron atados.

Los villaclareños conocían de la gran amistad del General Machado con mi bisabuelo Don Ricardo García y decidieron ir a saquearle su vivienda en la Calle Cuba de Santa Clara, frente a la casa donde había nacido Gastón Colón, quien en Venezuela fue conocido con el seudónimo artístico de Jorge Félix.  Afortunadamente la sangre no llegó al río, gracias a que Don Ricardo ordenó colocar una tranca en la puerta principal de su vivienda.  Hubo unos cuantos machetazos en la puerta que hasta el día de hoy se pueden apreciar, pero la turba no pudo entrar.

Don Alonso y Doña Carmelina, luego de independizarse económicamente, se establecieron en la ciudad de Cienfuegos, donde nací y nacieron mis dos hermanos: Ricardo y María Conchita.

Don Castaño era un español que había hecho una gran fortuna en Cienfuegos.  Su principal empresa era un almacén que proveía de víveres a gran parte del pueblo, llegando a constituir el Banco Castaño.  Se trataba de un emigrante español muy emprendedor, de gran inteligencia, pero de poca cultura académica.  Un día le entregó una nota a mi abuelo, Don Alonso, para que ordenara un contenedor de harina, escribiendo harina sin “h”.   El abuelo le advirtió que harina se escribía con “h”, a lo que Don Castaño respondió: <<hagamos algo.  Ordena tú un contender de harina con “h” y firma la orden.  Luego envía la mía, firmada por mí, en donde escribo harina sin “h”, a ver cuál contendor llega primero…>>

No obstante, la relación de Don Alonso y Don Castaño siempre fueron excelentes.  El abuelo trabajaba 7 días a la semana, unas 14 horas diarias.  Dormía en el almacén y para ausentarse tenía que pedirle permiso a Don Castaño.  Aprovechó su tiempo para conocer todos los pormenores del negocio de almacén y relacionarse con los principales proveedores de víveres, tanto nacionales como internacionales.  Cuando llegó el momento de independizarse y de montar su propio almacén, Don Castaño le dio la bendición y le aseguró que si defendía sus intereses como él, mi abuelo, había defendidos los intereses de “La Casa Castaño”, le iba a ir muy bien.

En el almacén de Don Castaño, entre otras mañas, Don Alonso conoció el arte de bautizar el vino.  Ese bautizo constituía el añadirle agua al vino que el almacén de Don Castaño recibía de España.  Seguramente que el vino español llegaba a Cuba ya bautizado.  Así y todo, el vino de Don Castaño era famoso en Cienfuegos.  Jamás le pregunté al abuelo si él bautizaba su vino, pero supongo que lo hacía.

Al independizarse de Don Castaño, con quien mantuvo una relación de amistad hasta que el magnate español murió, Don Alonso logró casarse con Carmelina, un matrimonio que duraría el resto de su vida.

Tras la caída del General Gerardo Machado, el almacén de Don Alonso sufrió un terrible sabotaje, en represalias – según él creyó – por la relación entre su suegro y el depuesto dictador.  Hay quienes dicen que fue producido por el líder de un incipiente sindicato de trabajadores del puerto,  a quien Don Alonso despidió por inepto.

Su almacén estaba considerado el segundo en importancia y tamaño después del de Don Castaño.  Por el medio de su edificio, ubicado – estratégicamente – en las cercanías del puerto, corría una de las líneas ferroviarias de Cienfuegos.  Surtía de víveres a gran parte de los comercios del pujante pueblo sureño.

Una triste noche, en agosto de 1933, el almacén se prendió en llamas y Don Alonso lo perdió todo, menos lo que ya tenía ahorrado, que no era poca cosa.  Sufrió una gran depresión que lo obligó a trasladarse a la ciudad capital de La Habana, a verse con uno de los mejores médicos de la gran metrópolis.  Allá los médicos le hicieron tragar un algodón amarrado a un hilo.  Al día siguiente le extrajeron el algodón y notaron que estaba tinto en sangre, por lo que dedujeron que el estrés le había provocado una úlcera en el duodeno.

Los doctores le recomendaron a Don Alonso que buscara tranquilidad, lo que él encontró regresando a su España natal, donde se quedó por el lapso de tres años, dejando a su esposa e hijos en Cuba.  Según su hijo Armando, eso fue lo que hizo que su padre lograra vivir hasta casi llegar a los cien años de vida, pues desde que fue diagnosticado con úlcera, solamente comía pollo y papa, dieta que alteró, unos 40 años más tarde – en su exilio en Venezuela – tras la insistencia de mi madre, quien le preparaba, todos los domingos, arroz con pollo a la chorrera y le suministraba una copa de vino tinto.

Dos días antes de morir, rodeado de toda su familia inmediata (sus hijos, nietos y Carmelina), pidió que le hicieran un par de huevos fritos.

Al morir Don Alonso, en 1976, dejó una cuenta de ahorros de unos 100mil bolívares (alrededor de $ 23mil) que había recibido de sus hijos – José Manuel (Montalvo) y Armando – a lo largo de los años de exilio en Venezuela.  Jamás careció de algo, especialmente del amor de su familia.

Al regresar de España, Don Alonso – como buen español emprendedor – montó una fábrica de rejillas, cuya materia prima recibía de Hong Kong.  Aprendió inglés por diccionario, para poderse comunicar con los chinos.  Si quería decir: “entre y tome una silla, que está cayendo un gran aguacero”, solía traducirlo de la siguiente manera: “between and drink a chair, that a big water zero is follling”.

Poco antes de morir, recibió en Venezuela la visita del biznieto de los fundadores de la Manchong Rattan Manufacturing Company, la empresa china (de Hong Kong) que le suministraba la materia prima.  Más tarde hablaré de esa visita, llevada a cabo en el verano de 1974, meses antes de casarme con Siomi.

Armando y Ricardo

Armando, el segundo hijo de Don Alonso y Carmelina, era un ser neurasténico.  Fue mi padrino de brazos: ¡el Doctor al Cuadrado!  Se había casado con María Concepción Betancourt y Castaño – Maíta – , una de las nietas de Don Castaño, cuyo matrimonio se produjo a finales de 1958.  Partieron hacia Francia de Luna de Miel y de regreso pasaron por la ciudad de Miami, donde terminarían – ambos – el resto de sus vidas.

Estando en Miami, recibieron un telegrama del Dr. Betancourt, padre de Maíta y yerno de Don Castaño, en el que les advertían que no regresaran a Cuba.  Fidel Castro había triunfado y Betancourt había sido bien informado que su revolución sería comunista.  El tío Armando no lo tomó en serio, pero Maíta sí.  A insistencia de su mujer, decidieron alargar su estadía en Miami, la cual duró décadas, hasta que ambos murieron a edad avanzada.

Pocos meses después, La Casa Castaño fue expropiada y como los cubanos no tenían dinero fuera de Cuba, lo perdieron todo.   Al final, todos los descendientes de Don Castaño terminaron en el exilio, sin un solo centavo.  Una de las hermanas de Don Castaño, que en Cuba fumaba con una pinza de oro que sostenía sus cigarrillos para no mancharse los dedos, terminó fumando en el exilio utilizando un gancho de pelo.  El primer automóvil que llegó a Cienfuegos fue importado de Estados Unidos por esa tía, cuyo nombre hoy ya no recuerdo, aunque llegué a conócela en Miami.  La familia, en el exilio, pasó muchas penurias, probando que el único emprendedor de la familia fue Don Castaño.

La Tía Maíta terminó sus días lúcidos trabajando detrás de un mostrador en una tienda de un comerciante de La India que tenía un local en la Miracle Mile de Coral Gables.  Era muy ahorrativa.  Cuando murió, se le encontró debajo de los cojines del roído sofá de su sala, cientos de cupones de descuentos en los automercados de Miami.

Armando y Maíta no dejaron descendencia.  Ella era extremadamente religiosa, de misa y rosario diario.  Comulgaba todas las mañanas antes de entrar en la tienda hindú de Coral Gables.  Murió horriblemente, víctima del Alzheimer.  Consternado, le dediqué el siguiente poema:

Quedó atrás su lúcida mirada / que endulzan sus ojos amorosos,

y también aquel rezo cotidiano, / a un dios que ella creía bondadoso.

Escondió su sonrisa con sus manos, /  para así darle paso a los sollozos,

mientras que dando tumbos temblorosos, /             se internaba en la noche de su ocaso…

Lentamente se iba alejando, / entre llantos y gritos de inocencia,

estirando sus brazos casi en vano, / para solo llenarnos de impotencia…

Y aquel dios a quien ella tanto quiso, / olvidando a su hija bien amada,

errumbó su camino hacia la nada, / y le dio como premio su desquicio.

Mi padre, Ricardo José Dionisio, murió como su hermano Armando: ¡de viejo!  Mi hermano Ricardo lo llevó al médico en Caracas, tras unas dolencias que no entendíamos y cuando le preguntó al médico qué tenía nuestro padre, éste le respondió: “¡94 años!”

De la muerte de Armando nos enteramos por la prensa.  Dejó una casa vieja en la zona marginal de Coral Gables, luego de haber vivido en la exclusiva Quinta Avenida de Miramar, en la Habana, que la dejó en herencia a un sinfín de familiares.  Lo único bueno de la casa en Coral Gables, eran los árboles frutales que había sembrado décadas antes.  Para no cortar el césped, había mandado a echarle concreto al jardín y lo pintó de verde.

Cuando los Eventos de Daktari, sobre los cuales hablaré luego, se dieron a conocer en Miami, me pidió que no lo visitara por temor a ser inmiscuido en mis actividades subversivas, sobre todo, porque frente a su casa vivía un policía de Miami Dade.  Jamás lo volví a ver.  Era mi padrino.

Mi padre fue el fundador del MRR (Movimiento de Recuperación Revolucionaria) de la ciudad de Cienfuegos.  Ayudó mucho a los alzados de las guerrillas anti-castristas de las montañas del Escambray, a pocos kilómetros de nuestro pueblo natal.  Tuvo la gran suerte de no ser detenido tras la fallida Invasión de Bahía de Cochinos.

Hasta que lo dejé de ver para siempre, en abril de 2004, jamás dejó de hablar sobre Cuba y su tragedia.  Vivió pensando en el regreso definitivo a Cuba.   Aunque había jurado no regresar a la isla mientras ésta no fuese libre, en el año 2000 regresó a ella para darle su último adiós, temeroso de que sus días estaban contados.

Al regresar de Cuba me echó los cuentos.  Descubrió dos Cubas paralelas: la de los turistas y la de los cubanos.  Se alojó en hoteles de cinco estrellas y alquiló, en el aeropuerto de La Habna, un carro último modelo.  Visitó La Habana, Varadero, Santa clara y, por supuesto: Cienfuegos.

En Cienfuegos se alojó en el Hotel Jagua y unos días en su propia casa, Korea.  Conoció al usurpador, Jorge Piñeiro, quien había instalado una posada en lo que fue nuestro hogar, a la que había bautizado como Casa Piñeiro, la cual se anuncia en la Internet.  Piñeiro era un tipo simpático que permitió que mi padre le hiciera una entrevista en video y que yo publiqué en las redes sociales.

La historia que me contó de su viaje a Cuba me sirvió para escribir y publicar mi libro titulado Regresando del Mar de la Felicidad.  Me confesó que hubiera preferido morir con el recuerdo de la Cuba que había dejado 39 años atrás, cuando en 1961 abandonamos la isla.  En ciertos momentos de su visita, sintió que había entrado en una especie de un túnel del tiempo.  Habiendo sido presidente del Cienfuegos Yacth Club, tuvo la osadía de regresar a él para encontrarlo totalmente destruido, aunque años después fue remodelado para el turismo y hoy dicen que está mejor que cuando él lo conoció.

Parte de Cienfuegos se estaba cayendo a pedazos, con casas apuntaladas, sin embargo, otros sectores habían sido reconstruidos y estaban en perfecto estado.  A su Santa Clara natal la encontró en ruinas, salvo excepciones.  Visitó la Casa de Los Abuelos, que había sido convertida en un museo colonial y para cuando él la vio, era ya un galpón en donde guardaban cachivaches dignos de ser arrojados a un basurero municipal.  Me dio la impresión que había regresado tremendamente deprimido.  Pasó por lo que fue la fábrica de Don Alonso y su oficina.  En esa visita sucedió algo insólito: una vecina del sector lo reconoció en la calle, lo que le causó gran impresión.  Mientras él andaba en un auto que olía a nuevo, los cubanos de Cienfuegos se trasladaban en coches de tracción sanguínea, tirados por caballos desnutridos.

La Cuba pre-Castro, considerada el tercer país de la América Hispana, se había convertido, en partes, en un país del quinto mundo que competía con Haití o, peor aún: con cualquiera timbiriche africano.

Mis Hermanos

Ricardo José es el mayor.  Llegó a Venezuela a la edad de 13 años y sacó su licenciatura de abogado en la UCV (Universidad Central de Venezuela).  En su momento, en Cuba, fue miembro – juvenil – de la resistencia.  Se salvó de ser fusilado por obra y gracia del Espíritu Santo… ¡o de la providencia!

Poco antes de salir de Cuba, Ricardo, junto a un compañero de la resistencia juvenil que vivía unas cuadras más allá de Korea, llevaban en sus bicicletas propaganda anti-castristas que debían distribuir al día siguiente.  Ricardo logró llegar a nuestro hogar, pero su compañero – de 16 años – no tuvo tal suerte. El G-2 lo estaba esperando tres cuadras más allá y fue interceptado con todo el material intacto.  Fue juzgado al día siguiente y fusilado dos días más tarde.

En Venezuela mi hermano se afilió al partido COPEI, en la creencia que desde esa organización iba a poder continuar su lucha en contra del castro-estalinismo internacional.  Afortunadamente para nuestra familia, pudimos salir de Cuba antes de mayores desgracias.  Años después, desilusionado de los postulados de COPEI, Ricardo se dio de baja y se dejó deso.  Hoy, simplemente, se dedica a su profesión de abogado en la rama mercantil, alejando de toda actividad política.

En cuanto a mi hermana, María Conchita, tuvo una participación política tardía y hoy, también, está dedicada su profesión, ya en el ocaso profesional de su vida.

Mi Segundo Exilio

Pasado los años en Venezuela, mis padres decidieron que había que sacarme de un país convulsionado, con la esperanza – además – de poder aprender inglés y, en segundo término, conocer los pormenores de la vida estadounidense.  En consecuencia, fui enviado al estado de Washington donde mi tío Montalvo, me consiguió la estadía con una familia de campesinos estadounidenses: la familia Losh.

Los Losh estaban compuestos por Norman, Beverly, Sharon… la hija y Mark, el hijo.  En un principio me sentí exiliado de Venezuela: mi segunda patria.  Luego aprendí a querer a los Losh como mi familia americana: hasta el día de hoy.

Había llegado a los Losh en 1965, en la plenitud de la Guerra de Vietnam.  Tenía, entonces, 15 años.  Los vecinos de la finca adyacente a la nuestra habían perdido, en la guerra, a un hijo llamado Tim.  No lo conocí, pero nació y creció siendo casi familia de los Losh.  Entonces casi todas las casas en Estados Unidos mostraban la bandera americana en señal de aprobación con la participación del gobierno estadounidense en la guerra de Vietnam.  Para aquel entonces la política no era de mi preocupación.  Solo recordaba el fiasco de la Invasión de Bahía de Cochinos y en mi primitiva mente infantil unicamente quedaba el recuerdo de cómo los americanos habían traicionado a los muchachos de la llamada “Brigada 2506”.

Recordé aquel 17 de abril de 1961 cuando desde Korea escuchábamos el estruendo de las bombas provenientes a Playa Girón, a pocos kilómetros de Cienfuegos.  Nuestro padre nos metió en el baño principal de la vivienda, pensando que era el lugar más seguro.  Recordaba el temor que puede sentir un niño de 11 años cuando el peligro parece inminente.

La invasión de bahía de Cochinos, también conocida como invasión de playa Girón o la batalla de Girón, ​fue una operación militar en la que tropas de cubanos exiliados, apoyados por Estados Unidos invadieron Cuba en abril de 1961, para intentar crear una cabeza de playa, formar un gobierno provisional y buscar el apoyo de la Organización de los Estados Americanos y el reconocimiento de la comunidad internacional.  La acción acabó en fracaso en menos de 65 horas. Fue completamente aplastada por las milicias y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba. Más de un centenar de soldados invasores murieron y los castristas capturaron a otros 1200, junto con importante material bélico.

El plan inicial fue diseñado por Richard M. Bisell, alto funcionario de la CIA, con la finalidad de lanzar una invasión de exiliados cubanos, establecer un “gobierno provisional” opositor a Fidel Castro y sostenerse en alguna gran ciudad de Cuba, lo más lejos posible de La Habana y desde allí lanzar una guerra de guerrillas contra el regimen de Castro, contando con armas y suministros estadounidenses. El primer plan de Bisell apuntaba a lanzar tres ataques aéreos sucesivos contra las Fuerzas Aéreas Revolucionarias (la aviación de guerra del régimen castrista) para destruir sus aparatos en sus aeródromos y ganar así control del espacio aéreo de Cuba.

La zona de la invasión sería la costa sur de Cuba, en un punto cercano a la ciudad de Trinidad, donde se establecería el “gobierno provisional” auspiciado por Estados Unidos, gracias a que esta localidad tenía suficiente infraestructura para servir a este fin y estaba lo bastante alejada de La Habana como para soportar las primeras reacciones del régimen de Castro. Inclusive, en este plan las montañas del Escambray eran la alternativa de escape si fallaba la invasión, contando además con el apoyo de las guerrillas anticastristas que luchaban en sector cercano a nuestro pueblo, Cienfuegos.

Este plan de Bisell fue modificado por decisión de John F. Kennedy, en acuerdo con el Secretario de Estado Dean Rusk, preocupado por la imposibilidad de negar la participación estadounidense en un asalto de tan gran escala. En el aire, se ordenó que pasaran de 16 a 8 los aviones participantes. En tierra, tras renunciar al desembarco cerca de Trinidad, el nuevo plan trasladó el punto de ataque a Playa Girón, en la bahía de Cochinos, costa sur de Cuba, en la provincia de Las Villas. Las fuerzas invasoras partirían por mar desde Puerto CabezasNicaragua. Los ataques aéreos partirían también desde Puerto Cabezas y el plan era que destruyeran la fuerza aérea castrista bombardeando los aviones y las pistas de los aeropuertos. Durante el desembarco continuarían los vuelos de abastecimiento y protección de las fuerzas libertadoras.

La infantería y la artillería intentarían controlar en principio la Península de Zapata, cerca de bahía de Cochinos (desde Playa Larga a Playa Girón), donde se asentaría una cabeza de playa, que después de un periodo de tres días solicitaría el traslado hacia allí, desde Miami, de un gobierno provisional conformado por los miembros del “Consejo Revolucionario”, organización que había sustituido al Frente Revolucionario Democrático, el cual lo componían los cinco movimientos originales: MRR, OA, AAA, MDC y DRE. Al frente del Consejo Revolucionario estaba José Miró Cardona y se reclamaría formalmente la ayuda militar de EE. UU. La zona elegida para el desembarco era una zona pantanosa de difícil acceso, con la vasta Ciénaga de Zapata al oeste y con una sola entrada por tierra en la zona oriental, que los invasores tratarían de controlar ante la respuesta del ejército castrista, pero la propia bahía de Cochinos tampoco ofrecía opciones de escape en caso de fallar el plan.

Desde Puerto Cabezas (actual Bilwi), Nicaragua, partieron los buques que transportaban al contingente integrado por unos 1500 hombres con la aprobación de John F. Kennedy como continuación de la política del gobierno anterior del presidente Eisenhower. Richard M. Bisell aprobó las modificaciones sugeridas por Kennedy y se realizó especial énfasis en ocultar, ingenuamente, el patrocinio estadounidense a la invasión.

En la madrugada del sábado 15 de abril de 1961 ocho aviones A-26, con bandera cubana en el fuselaje, bombardearon los aeropuertos militares de Ciudad LibertadSan Antonio de los Baños y el aeródromo Antonio Maceo de Santiago de Cuba, con el resultado de 5 aviones destruidos: un Sea Fury y dos B-26 (en San Antonio de los Baños), y dos aviones de transporte (en Santiago de Cuba). Sin embargo, el ataque sobre Ciudad Libertad solamente destruyó dos antiguos aparatos P-47 Thunderbolt que eran ya inservibles para las fuerzas aéreas de Castro.

Los bombardeos tuvieron un reducido éxito pues en los aeródromos cubanos quedaron intactos cuatro potentes aviones a reacción T-33 y cuatro cazas Sea Fury. Estos últimos eran aparatos de hélice, pero muy superiores en velocidad y potencia de fuego a los viejos A-26, que además viajan sin artilleros de cola, mientras que las fuerzas aéreas castristas aún contaban con siete aviones B-26, de potencia similar a las aeronaves invasoras. La Brigada 2506, por su parte, perdió tres A-26.

Un A-26, pilotado por el capitán Mario Zúñiga, fue preparado específicamente para ir directamente hacia Estados Unidos desde Valle Feliz en Nicaragua y aterrizar en la base aeronaval de Cayo Hueso en la mañana del mismo 15 de abril, donde se presentó como “desertor” de la Fuerza Aérea Cubana, informando que él y otros pilotos cubanos habían sido los autores del ataque a los aeropuertos y que eran parte de un grupo militar cuyo objetivo era derrocar al gobierno de Fidel Castro. Este evento era parte de la estrategia ideada por la CIA para tratar de cubrir la implicación del gobierno estadounidense en el derrocamiento del gobierno de Cuba, alegando que existía una auténtica sublevación de militares castristas desafectos al régimen que ya se perfilaba comunista. Posteriormente, el piloto Mario Zúñiga regresó a Puerto Cabezas y participó en otros ataques.

En la mañana del día 15 de abril el embajador cubano en la ONURaúl Roa, acusó formalmente a los Estados Unidos de patrocinar una invasión contra Cuba. Aunque el embajador estadounidense ante la ONU, Adlai Stevenson, rechazó las declaraciones de Roa y sostuvo que los aviones atacantes eran en realidad «pilotos cubanos sublevados contra Castro», la mentira fue descubierta cuando Stevenson mostró la fotografía del avión supuestamente pilotado por el “desertor” Mario Zúñiga que había aterrizado en Cayo Hueso. Al respecto, Stevenson no había sido informado en detalle sobre la operación militar contra Cuba que su gobierno ya estaba lanzando horas antes.

Tras saberse de este incidente en Washington D.C. durante la tarde del 14 de abril, los otros dos bombardeos planeados por la CIA para esa misma noche fueron cancelados de inmediato por orden expresa del presidente John F. Kennedy, alegando que «la posición de Estados Unidos no podía quedar comprometida ante el mundo».

Al día siguiente del ataque, en la mañana del domingo 16 de abrilFidel Castro sostuvo una alocución pública por radio y televisión ante una multitud armada en La Habana con fusiles belgas y checos. Allí Castro declaró el carácter socialista y marxista de la revolución cubana, pese a que en 1959 había reiterado su rechazo al comunismo en entrevistas a la prensa radial, escrita y televisiva, antes de que se produjera la clausura de la cuota azucarera, el cierre de la venta de petróleo y la negativa de las refinerías de capital estadounidense de refinar petróleo soviético.

El ejército regular castrista y las Milicias Nacionales Revolucionarias (bajo control gubernamental) concentraron sus efectivos en puestos estratégicos ante una posible invasión. El naciente Departamento de Seguridad del Estado de la Revolución Cubana (más conocido como G-2) llevó a cabo una extensa redada para encarcelar a un gran número de potenciales opositores, lo que neutralizó numerosos contactos de la contrarrevolución, en particular en La Habana; miles de cubanos fueron detenidos preventivamente. Mientras tanto, los buques estadounidenses llevando a los invasores desde Nicaragua ya estaban en marcha hacia las costas cubanas.

No obstante, en Washington D.C. los jefes militares revisaron los reconocimientos aéreos hechos por los aviones estadounidenses U-2 en horas previas y descubrieron que la destrucción real causada por los bombardeos del 15 de abril fue mucho menor a la declarada inicialmente por los pilotos “desertores” y que por tanto la fuerza aérea castrista aún podía jugar un papel decisivo.

Tras cuatro o cinco días de navegación, durante la madrugada del lunes 17 de abril se produce el desembarco en Playa Girón y Playa Larga de 1200 miembros de la Brigada 2506, escoltados por sus buques y ante escasa resistencia local. Horas después los invasores fueron transportados tierra adentro para ampliar la zona invadida, con la misión principal de controlar las tres carreteras de acceso al lugar.

Hacia las 6:30 a. m., los aviones Sea Fury y T-33 de la naciente Fuerza Aérea Revolucionaria del régimen castrista derribaron siete aviones B-26 que escoltaban a los invasores y pusieron fuera de combate a los buques Houston y Río Escondido, cerca de Playa Larga, perdiéndose el armamento que transportaban para las fuerzas en tierra. Los invasores, dirigidos por los oficiales cubanos José San Roman y Erneido Oliva, quedaron sorprendidos al notar que los aviones del régimen dominaban el cielo de Playa Girón, en contra de lo que aseguraban los mandos militares estadounidenses desde el día 15.

Las tropas regulares del régimen castrista llegaron paulatinamente a la zona, reforzando a los miembros de las Milicias Nacionales Revolucionarias locales que hasta entonces rechazaban el ataque con medios bastante reducidos. Antes del ocaso del día 17, los barcos de la Brigada 2506 se retiraron definitivamente quedando sin desembarcar equipos y municiones; el Houston quedó encallado y el Río Escondido fue hundido.

Al final del día, los 1200 invasores habían establecido una cabeza de playa, penetrando hasta 10 kilómetros en tierra firme, tomando las localidades de San Blas y El Rincón, mientras se proyectaron hacia las poblaciones de Jocuma y Horquitas. Pese al avance, la Brigada 2506 careció de apoyo aéreo efectivo, en tanto el gobierno de Estados Unidos no autorizó nuevos vuelos de aviones A-26 desde Nicaragua.

Se inició la contraofensiva cubana el martes 18 de abril, con el empleo masivo de artillería adquirida recientemente en la Unión Soviética y Checoslovaquia. Las maltrechas tropas de la Brigada 2506 que controlaban las dos carreteras de acceso a Playa Girón fueron obligadas a retroceder hasta la zona de San Blas, mientras siguieron siendo atacadas desde el aire por los T-33 y Sea Fury del régimen de Castro. La población civil situada en la zona se sumó masivamente al esfuerzo en contra de los invasores, lo cual desmoraliza a los jefes de la Brigada 2506.

El único apoyo que recibieron los invasores provinieron de dos aviones A-26 enviados a toda prisa desde Nicaragua, que por la mañana bombardearon convoyes de tropas castristas en la zona de Horquitas, pero que evitaron luchar contra los aviones del régimen y se retiraron casi de inmediato. En Playa Larga las tropas asaltantes, ante su difícil situación por la falta de municiones, decidieron abandonar sus posiciones después del mediodía y dirigirse a Playa Girón para unirse a los otros miembros de la Brigada. Al terminar el día, el ejército regular castrista se hizo con el control de Playa Larga.

Esa misma noche, Richard M. Bisell se reunió con Kennedy en Washington D.C. para discutir las acciones a seguir. Bisell se retractó de su plan original y pidió a Kennedy que aviones de guerra estadounidenses hicieran vuelos de apoyo a los invasores de Playa Girón, ante el grave riesgo de sufrir un fracaso militar en caso de no auxiliar a los invasores.

La posición de Bisell fue apoyada por Arleigh Burke, almirante estadounidense a cargo de las operaciones navales de la invasión, quien alegó ante Kennedy: “nosotros llevamos a esos cubanos, y nosotros tenemos que sacarlos de allí”. El general Lyman Lemnitzer, asesor militar de Kennedy, sugirió que los invasores huyeran hacia el este, a las montañas de Escambray, para iniciar una guerra de guerrillas, pero Bisell negó que ello fuera posible al estar ya cercados por tropas castristas diez veces superiores en número. Finalmente Kennedy, apoyado por el Secretario de Estado, Dean Rusk, se negó a enviar apoyo militar alegando la urgencia de mantener «mínima visibilidad» e impedir que se descubriera el patrocinio estadounidense a la invasión.

El miércoles 19 de abril, las fuerzas invasoras tuvieron que retroceder durante la madrugada desde San Blas hacia Playa Girón, donde quedaron prácticamente sitiadas por las tropas del régimen; los que quedaron rezagados pronto fueron cercados y se rindieron en el transcurso de la mañana. En la playa, a la escasez de municiones se unió la completa falta de apoyo aéreo, por lo cual los casi 1100 hombres de la Brigada 2506 fueron un blanco fácil para los aviones B-26 que envió el gobierno cubano.

El comandante José Ramón Fernández (conocido como “Gallego”) y el propio Fidel Castro se trasladaron a la zona del conflicto y observaron directamente las últimas acciones bélicas. Precisamente Castro presionó fuertemente para que la ofensiva se acelerara y así evitar que transcurrieran las 72 horas que necesitaba el gobierno de Estados Unidos para reconocer al “gobierno provisional” que allí se intentaba establecer, con el objetivo de evitar la invasión directa de la marina y el ejército estadounidense. Hacia el final del día unos cientos invasores intentaron huir, algunos buscando lanchas, otros ocultándose por las zonas pantanosas de la Ciénaga de Zapata, aunque la mayoría de sobrevivientes debieron rendirse poco antes del anochecer.

Algunos sobrevivientes de la fuerza invasora cruzaron la bahía de Cochinos hacia el oeste y estuvieron durante algunos días vagando por los densos manglares de la Ciénaga de Zapata, hasta ser capturados. La operación terminó con una derrota total de los miembros de la Brigada 2506.

El número de bajas entre los invasores sobrepasó el centenar de muertos; los capturados fueron 1189. Los prisioneros invasores fueron juzgados y condenados a prisión por el régimen castrista, aunque algunos ex oficiales de la policía de Batista fueron condenados a muerte y ejecutados. Los sobrevivientes fueron canjeados a fines de 1962 mediante intermediarios con el gobierno estadounidense a cambio de 53 millones de dólares en forma de alimentos, medicinas y tractores. El 29 de diciembre de 1962 llegaron a Estados Unidos los supervivientes de la Brigada 2506, donde fueron recibidos y homenajeados por el presidente Kennedy, quien prometió una Cuba libre en menos de un año.

La victoria generó un relativo respaldo político a Fidel Castro entre las masas cubanas y permitió a su régimen profundizar en el carácter comunista de la revolución cubana, proclamado tiempo antes, mientras que la oposición interna quedaba neutralizada por la alarma generada durante la invasión. El mismo Che Guevara declaró poco después que el fracaso estadounidense había resultado de inestimable ayuda pues “fortalecido como nunca antes” el apoyo de las masas cubanas hacia el gobierno de Castro, sirviendo además de duro revés propagandístico para Estados Unidos.

El fracaso de la invasión también motivó agrios debates entre altos funcionarios del gobierno estadounidense, especialmente sobre el conocimiento real que tendría la CIA sobre las condiciones de la lucha en Cuba, así como sobre la falta de apoyo bélico en los momentos decisivos de la lucha. Un reporte final del 13 de junio concluyó que el plan de derrocar al régimen de Castro «por medios encubiertos» estaba destinado al fracaso pero ello no fue advertido a tiempo por el gobierno estadounidense, además de no haberse desarrollado medio alguno para que Estados Unidos consiguieran una “negación plausible” con la cual eludir su participación en los hechos.

Después de llegar la Brigada 2506 a Estados Unidos y de ser invitados los supervivientes a ingresar en el ejército estadounidense, Robert Kennedy, ministro de justicia, decidió volver a preparar una nueva invasión y para tal efecto le pidió a Manuel Artime que organizara de nuevo otros campamentos; a tal efecto Artime consiguió que el dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, aceptara dar su apoyo y éste volvió a prestar su territorio para organizar los nuevos campamentos. El nuevo proyecto invasor se nutriría de los miembros de la Brigada que se habían enrolado en el ejército estadounidense, excombatientes que estaban viviendo en Miami y otros exiliados cubanos.

Desde Nicaragua se hicieron varios ataques de sabotaje contra instalaciones en Cuba, pero la operación terminó cuando el 13 de septiembre de 1964 se atacó por error al barco español Sierra Aránzazu, al confundirlo con el barco cubano Sierra Maestra. En ese ataque murió el capitán del barco español con otros dos tripulantes de la misma nacionalidad; la CIA tuvo que pagar un millón de dólares como indemnización y se puso fin a las actividades en Nicaragua.

Posteriormente, parte de las barcazas dadas a Manuel Artime fueron cortadas a la mitad y transportadas al Congo. La CIA contrató a algunos cubanos que estaban entrenándose en Nicaragua para que participaran en las luchas en el Congo. Agentes de la CIA igualmente contrataron para ese fin a algunos pilotos que habían participado en la invasión de bahía de Cochinos, quienes volaron nuevamente en los B-26 y ayudaron a que los comunistas congoleños no se hicieran con el poder.

El devenir histórico del conflicto entre ambas naciones, el apoyo del llamado campo socialista y de las masas populares al gobierno revolucionario y la conocida como Crisis de los misiles de Cuba o Crisis de Octubre fueron frustrando las acciones de la administración de Kennedy con respecto a una invasión a Cuba. El pacto Kennedy-Kruschov (“Pacto KK) consistió en un acuerdo entre Estados Unidos y la URSS para no permitir ningún nuevo ataque contra Cuba por parte de los exiliados cubanos.

En octubre de 1996, el proyecto de Documentación de Cuba del Archivo de Seguridad Nacional organizó una reunión con los dos directores principales de la operación de Bahía de Cochinos, Jacob Esterline y el coronel Jack Hawkins, que se reunieron en un hotel de Washington DC para una larga entrevista filmada acerca de la invasión. La reunión marcó por primera vez que se habían visto desde el fin de semana del 17 a 19 de abril de 1961 y la primera vez que tuvieron juntos recordó los acontecimientos que rodearon la invasión fallida. Esta entrevista fue realizada por el director del archivo Peter Kornbluh y es un extracto de su libro, Bahía de Cochinos desclasificados (New York: The New Press, 1998).

En cumplimiento de una demanda FOIA interpuesta por el Archivo de Seguridad Nacional en el 50° aniversario de la invasión de Cuba dirigido por la CIA, esta publicó cuatro volúmenes de su Historia Oficial de la operación de Bahía de Cochinos. El archivo publicó el 1 de agosto de 2011 el volumen 2, “La participación en la conducción de la política exterior” (Parte 1 y Parte 2​), clasificado como de alto secreto, que contiene información detallada sobre las negociaciones de la CIA con GuatemalaNicaragua y Panamá en apoyo a la invasión.

Pasado las décadas, llegado Chávez al poder, se corrió la voz en Venezuela que los cubanos no habían hecho absolutamente nada para recuperar a Cuba de las garras del castro-estalinismo, una imprecisión que ha prevalecido hasta el mismo día de la publicación de este libro.

En diciembre de 2002, en un programa especial de “Aló Ciudadano”, conducido por el periodista-político Leopoldo Castillo, éste – emocionado por las manifestaciones de calle de Venezuela – tuvo la osadía de asegurar que si en Cuba hubiera habido venezolanos, los Castro no hubiera podido permanecer en el poder mucho tiempo.  Esta aseveración me motivó a publicar una carta abierta al mencionado periodista que se hizo viral en las redes sociales de entonces, lo que me introdujo al mundo de las publicaciones cibernéticas.  Esta fue la carta que entonces le envié, de la cual jamás tuve respuesta:

El Hatillo, 16 de diciembre de 2002

Ciudadano

Leopoldo Castillo

Imagen del programa “Aló Ciudadano”

Globovisión, Caracas

Ciudadano Castillo:

Entre las múltiples desgracias de salir como un paria hacia el exilio, está la de tener que oír imprecisiones alegres y generalizadas sobre lo que supuestamente fue la Cuba de ayer y los cubanos de siempre. En ese sentido y desde muy niño, ya fuera de mi patria, he tenido que soportar la atroz infamia que aseguraba – entonces – que todas las cubanas eran prostitutas y Cuba, el prostíbulo del Caribe. Cuba se forjó una tal vez merecida fama por sus prostitutas y casas de prostitución. Existía en tiempos de Batista un funesto “turismo sexual” que atraía a los “putañeros” extranjeros a una isla que además de muchos atributos naturales, culturales, históricos y artísticos, ofrecía toda una gama de mujeres de “vida alegre” de las más variadas categorías, tal y como siempre se ha encontrado en las grandes capitales del mundo, porque La Habana – además – era hace 43 años, una de las grandes capitales del mundo.

Cuando el éxodo masivo cubano se hizo sentir por el globo terráqueo, nuestros padres y madres fueron mostrándole al mundo que había muchísimo más en el cubano que la etiqueta de la prostitución. Demostramos ser un pueblo productivo, honesto y tremendamente trabajador. Ayudamos a construir grandes empresas y a generar riquezas y fuentes de trabajo en aquellas naciones que nos abrieron sus corazones y nos brindaron hospitalidad, como fue el caso de Venezuela, donde nacerían mis cuatro hijos de un vientre, por cierto, cubano.

Criamos a nuestros hijos enseñándoles el amor por Venezuela pero cuidando siempre que se sintieran orgullosos de ser cubanos de sangre. Así se aprendieron — al mismo tiempo — el “Gloria Al Bravo Pueblo” y el “Himno de Bayamo”, cargados de sentimientos heroicos ambos, donde se enseña que la virtud y el honor de una nación son valores tan importantes como el de morir por la patria para alcanzar la vida eterna y heroica en la mente y en el corazón de los pueblos.

Tras la pesadilla que hoy le ha tocado vivir a Venezuela, y a todos aquellos cubano-venezolanos que como mi familia hicimos patria en esta bondadosa nación, se ha fomentado un nuevo calificativo despectivo, infame y carente de toda verdad, cual es la de que los cubanos fuimos unos cobardes que abandonamos la patria en manos del castro-comunismo sin haber hecho el patriótico esfuerzo de luchar por ella.

Lo peor de todo es que en oportunidades he oído tal aberrada afirmación de boca de quienes se dicen cubanos exiliados y – para mi profundo dolor – hoy, en su programa, dijo usted haber oído que la razón por la cual Castro logró apoderarse de Cuba es porque en nuestra patria no había venezolanos, queriendo con esto asegurar que hubiesen sido los valientes venezolanos quienes le hubieran salvado la patria a los cobardes cubanos.

Viniendo de un comunicador social como usted – supuestamente amigo del exilio cubano en Venezuela –, esto fue un puñal de acero que le ha clavado en los corazones a miles de mis compatriotas cubanos, en especial cuando fue dicho en horario estelar y en la versión especial de su prestigioso programa – “Aló Ciudadano” – el cual usted con tanto atino dirige y que se ha adueñado de la inmensa sintonía del televidente venezolano.

Las razones por las cuales Castro se adueñó de Cuba son muy extensas y variadas como para plasmarlas en esta carta ya de por sí larga, pero para sintetizar, le puedo decir que son muy similares a las razones por las cuales Chávez está en franco proceso de adueñarse de Venezuela, pero con un agravante que afortunadamente los venezolanos no tendrán en su contra: Castro se hizo apadrinar por la Unión Soviética.

Así como en el caso de Venezuela, que hoy nos ocupa, hay una inmensa dosis de culpabilidad tanto en los cubanos como en los venezolanos, por haber abonado el terreno de nuestras naciones para que emergieran caudillos totalitarios vociferando la promesa de la construcción de una patria justa, apelando a los más elementales derechos de nuestros ciudadanos, los cuales — sin duda — fueron criminalmente descuidados por las clases dirigentes de ambos países, como ha venido sucediendo y sucede hoy en prácticamente todos los países de nuestra América, desde México hasta la Patagonia. Tuvo mucho, muchísimo que ver también la corrupción de nuestros gobernantes y gobernados y el creer que a 90 millas de los Estados Unidos, o en el quinto productor de petróleo del mundo no podría instalarse el comunismo internacional.

Al igual que en Venezuela, terminamos construyendo un poder judicial al servicio de unos pocos y no al servicio de la justicia. El cubano de ayer, como el venezolano de hoy, creyó en cantos de sirenas y se enamoró de un populista que llevaba marcado en la frente con evidente claridad el sello de la traición, la mentira y el engaño. Ambos pueblos se negaron a guiarse por la razón para darle riendas suelta a la pasión colectiva cual quinceañeras seducidas por mozos corridos en cuestiones de amoríos.

Pero en el hecho de asegurar vehemente y alegremente que fue la cobardía del cubano la razón por la cual Castro ha podido subyugar a su pueblo durante cuatro décadas hay un universo de equivocación. Cuando el cubano de ayer, como posiblemente suceda con el venezolano de hoy, se vino a dar cuenta de la traición, era ya demasiado tarde. Castro había socavado los cimientos de todos los pilares sobre los cuales se sustentaba la patria al tiempo que metódicamente destruía también la pujante economía cubana, la tercera en América para entonces. Redujo a piltrafa – intencionalmente — la industria azucarera cubana, que equivalía a la industria petrolera venezolana. Mientras enamoraba a su pueblo, trabajaba ardua y maquiavélicamente en su agenda perversa y criminalmente oculta. Poco a poco fue neutralizando todos los poderes constituidos, así como purgando su equipo de quienes él pudiera esperar una reacción de enfrentamiento, tal como sucedió con el Comandante Huber Matos, quien muy pronto alzó su voz de protesta para terminar encerrado inhumanamente en un reducido cuarto durante dos atroces y martirizantes décadas. Jamás mostró reparo en ordenar la destrucción psíquica o física de sus adversarios, aún antes de que se pronunciaran abiertamente en su contra, tal como sucedió con el Comandante Camilo Cienfuegos, quien terminó sepultado en las profundidades del Mar Caribe, entre otras cosas, por mostrar desacuerdo con la detención del Comandante Matos.

Al pasar los años, únicamente se quedó con su hermano Raúl y uno que otro colaborador “histórico”. Fue defenestrando uno a uno a sus partidarios originales para rodearse de una nueva generación de autómatas mediocres, “levantadedos” y sumisos, dispuestos a dejar que el nuevo “padre de la patria” hablara y pensara por ellos.

Redactaba varias versiones de una misma ley, tal como sucedió con la Ley de Reforma Agraria, una – la cual publicó – redactada por eminentes juristas cubanos dirigidos por el Dr. Humberto Sorí Marín (quien más tarde moriría en su pelotón de fusilamiento) y la otra, que al final implantó, obra de Guevara y sus secuaces comunistas más recalcitrantes, como el Dr. Oswaldo Dorticós (quien más tarde – como mucho de sus seguidores — se volaría la tapa de los sesos de un disparo).

Mientras el cubano trataba de entender qué verdaderamente sucedía en su patria, Castro organizaba los CDR o “comités de defensa de la revolución”. Mientras dentro de la isla se había convertido en un sanguinario asesino que masacraba a su pueblo en los paredones de fusilamiento, fuera de ella era la vedette mundial que había “derrotado” al imperialismo yankee en sus propias narices. Muchos gobiernos amigos y hermanos de América, incluso, le tendieron una mano. Cuando vinimos a ver, nos encontramos en un estado solitario de total y absoluta indefensión. Llegó el momento en el cual no quedaba otra opción que huir de aquel infierno. Para cuando el cubano se vino a dar perfecta cuenta de las intenciones traidoras y tiránicas del “Máximo Líder”, ya el confeso dictador habían implantado en Cuba un estado de terror, totalitario, autocrático y declaradamente comunista.

Claro está que aún no es el tiempo para que nuestros hermanos venezolanos entiendan y comprendan qué significa vivir en un estado de terror. No han comenzado los fusilamientos en los paredones, ni los juicios sumarios. No ha habido un solo niño que haya delatado a su padre venezolano ante las huestes de represión del gobierno. Todavía en Venezuela podemos asistir a misa sin que se nos señale de contrarrevolucionarios; podemos ver su programa (“Aló Ciudadano”) y el cubano que se sienta ofendido por algún desafortunado comentario que a usted se le escape en el aire, puede cambiar – todavía – a Venevisión, Televén, Radio Caracas, Vale TV… Venezolana de Televisión, o simplemente “desconectarse” por un rato revisando las opciones que – todavía – encontramos en el cable y si eso no nos complace — todavía — tenemos cualquier cantidad de estaciones de radio en las bandas de AM y FM, si es que no queremos sentarnos a leer un buen libro que trate de cualquier cosa, comprado – “por la libre” – en cualquier librería de la esquina.

Los negocios que se cierran en Venezuela lo hacen por cuestiones económicas, no porque se apropien de ellos las turbas “bolivarianas”, así que – todavía – el venezolano no sabe lo que significa ser “siquitrillado”. No se le puede pedir al venezolano que entienda qué se siente al encontrarse preso en su propio país, porque – todavía – puede dejarlo libremente y regresar a él cuantas veces quiera, con tal de poderlo hacer económicamente, claro. Se puede participar un viernes en una marcha de la oposición, tomar un avión para Aruba el sábado en la mañana y regresar el domingo en la noche para seguir marchando toda la semana si uno así lo desea.

El venezolano no entiende qué son los “actos de repudio”, por lo que de nada vale hacerles entender lo que se siente cuando cientos de vecinos (o individuos transportados de otras urbanizaciones o barrios) se paran frente a su casa a gritarle: “paredón, paredón, paredón…¡paredón!”. Es algo así como los cacerolazos que les hemos dado a los chavistas en los restaurantes del este de Caracas, pero mucho, muchísimo más peligrosos y atemorizantes, si tomamos en cuenta que esas turbas que Castro envía a las calles, tienen carácter de jurado y sentencian de acuerdo a las líneas previamente dictadas desde el escritorio del tirano.

Los abogados defensores de los venezolanos – todavía – defienden a sus clientes, por lo que no vale la pena hacerles entender que en Cuba los abogados que el Estado nos asigna para que nos defiendan en un juicio político (o de conciencia), se parecen más a un fiscal acusador que a un abogado defensor.

El venezolano, todavía, no sabe lo que es comprar “por la libreta de racionamiento”. Cada vez que hay un “peligro de golpe” se atiborra de chucherías — y mil otras cosas que jamás compraría en una situación normal — para pasar la “fiesta”, por lo que no podría entender lo que significa levantarse en la mañana para hacer una cola de cuatro horas bajo el sol caribeño (similar al sol de su patria chica, Maracaibo) para comprar un rollo de papel higiénico… o conseguir grasa de res en el mercado negro a fin de mezclarlo con hidróxido de sodio para hacer un jabón que quema la piel. No sabe lo que es echarse limón y bicarbonato en las axilas en vez de desodorante, y en el país del azúcar, sentirse con suerte si puede llevar a la casa media libra mensual por familia.

El venezolano cuando cuela un café, bota la borra… por lo que de nada sirve contarle que en Cuba, la borra del café ya mezclado con chícharo tostado, se usa una y otra vez hasta que lo que salga de allí sea un líquido amarillo claro sin sabor alguno.

Todavía el gobierno de esta noble patria, Venezuela, no ha mandado a un solo muchacho venezolano a morir en Angola, Mozambique, Etiopía, Yemen, Zimbabwe, el Congo Belga, Afganistán, Vietnam, Camboya, Bolivia, Colombia, El Salvador… Nicaragua o Grenada, en lo que en Cuba se llaman “misiones internacionalistas”. Tampoco sabe lo que es dedicarle los fines de semanas a cortar caña sin derecho a ser remunerado, en obediencia al artículo 45 de la constitución cubana el cual reza: “Se reconoce el trabajo voluntario, NO REMUNERADO, realizado en beneficio de toda la sociedad, en las actividades industriales, agrícolas, técnicas, artísticas y de servicio, como formador de la conciencia comunista de nuestro pueblo…

Un venezolano no se puede imaginar ni por un momento que en su propia patria se le vaya a prohibir la entrada a un hotel por el simple hecho de ser venezolano, como es el caso de Cuba, donde los esbirros de Castro no permiten que los cubanos entren en aquellos hoteles que están destinados únicamente para los turistas extranjeros.

El pueblo de Venezuela tiene – todavía – esperanzas en organismos internacionales como la O.E.A., por lo que de nada vale explicarle que Cuba fue expulsada de ese “club” hace 35 años y eso a Castro ni le quitó el sueño de una siesta.

Todavía los venezolanos creen que los americanos van a sacarles las castañas del fuego, cuando “la cosa se ponga fea…”; ellos no vivieron la traición de Playa Girón, donde nuestros muchachos de la Brigada 2506 que lograron llegar a tierra — unos 1350 brigadistas – fueron total y absolutamente abandonados en las playas con lo que llevaban consigo, tras haber sido entrenados, apertrechados y transportados por el gobierno norteamericano a la Cuba que ellos iban a liberar de las garras totalitarias del comunismo internacional.

El venezolano no sabe que el combate en Girón no cesó durante un solo minuto de las sesenta y ocho horas que duró y que ante el abandono de los “socios” del norte, prefirieron seguir luchando hasta la última bala antes que rendirse. Tal vez jamás se enteraron que los barcos de la marina “americana” se veían a simple vista alineados en posición de “combate” frente a las costas cubanas cuando en realidad no se encontraban en posición de combate, sino de “observación”. No les han dicho a los venezolanos – ni a usted, Lic. Castillo — que había incluso un porta-aviones, “El Essex”, que a las pocas horas de la batalla, comenzó a alejarse junto a los demás buques “de guerra” que se suponían brindarían el soporte mar-tierra y aire-tierra que requiere toda invasión tradicional (tal y como se había acordado), abandonando a nuestros muchachos que nos venían a liberar a la suerte, viéndose obligados a depender exclusivamente de los pertrechos, el agua y la comida que llevaban con ellos.

Ningún venezolano jamás vio erguirse en las playas de Girón y en medio de la metralla al líder cubano de aquella gesta heroica, Manuel Artime, ni lo oyó sentenciar al tiempo que miraba hacia los barcos “amigos” girar a casa: “En las estelas de esos barcos van doscientos años de infamia…”

Todavía es muy temprano para hablarle al venezolano de lo que significa vivir en un país sin ley donde la constitución se invoca pero se viola al son de la conveniencia del tirano… aunque ya están comenzando a entrar en materia en este campo.

El venezolano no sabe lo que es vivir en un país sin periódicos, sin radios y sin televisión que no sean los que controla el Estado, como es el caso de Cuba. Para él es muy fácil saber el itinerario de una marcha, porque se anuncia en todos los medios de comunicación de la oposición. Cuando se queden sin “medios”, entonces podrán comenzar a entender un poco nuestro drama. El venezolano no sabe lo que es vivir sin un Leopoldo Castillo, sin un José Domingo Blanco, o una Martha Colomina, un Kiko Bautista… o un Nelson Bocaranda Sardi. Los cubanos tienen que depender de Radio Martí o La Voz de Las Américas y oír las noticias que hablan de libertad y esperanza en un radio transmisor con baterías recargadas con orine y mantenidas en los congeladores… y hacerlo bajito para que el vecino no los oiga y los delate ante el director del CDR más cercano.

Las mujeres venezolanas no tienen por qué temer cuando les llevan gallinas y maíz para llamarles cobardes a los infelices soldados sacados de los estratos más humildes de la población, porque estos no fueron entrenados para calar sus bayonetas y atravesarlas con ellas. De nada vale asegurarles que una “maroma” similar en Cuba es simplemente impensable y que con tan solo planearlo y ser descubiertas, comenzarían a purgar treinta años en un fortín heredado de la colonia española.

Los venezolanos están acostumbrados a vivir en un país en donde las noticias de las masacres producidas en una marcha o en una plaza les dan la vuelta al mundo y de ellas se hablan una y mil veces, sin embargo, no podrían imaginarse vivir en un país donde los esbirros del gobierno ametrallan en altamar a un remolcador – como el “13 de Marzo” – repletos de hombres, mujeres, ancianos y niños… que pretendían llegar a tierras de libertad, tal y como sucedió el fatídico 13 de junio de 1994, sin que la prensa mundial ni los famosos organismos que velan por los derechos humanos movieran un dedo para elevar su grito de protesta.

El venezolano entiende al Centro Carter como un organismo que llega a Venezuela a supervisar sus elecciones libres y soberanas, mientras que el cubano ve a sus miembros hacer turismo en la isla y pasear en autobuses de lujo frente a sus cárceles repletas de presos de conciencia.

Al venezolano no se le puede meter miedo con el paredón, porque – como ya he dicho –ellos no saben de “eso”. Posiblemente jamás hayan oído hablar de cómo en la Cuba de Castro se les llegó a extraer a los condenados a muerte hasta la última sangre del cuerpo antes de ser fusilados, cuando se encontraban amarrados al poste del cadalso, para ser almacenada y empleada en los soldados mercenarios que Castro enviaba a guerras y escaramuzas internacionales que nada tenían que ver con los intereses del pueblo cubano. Nunca un venezolano tuvo que oír a sus muchachos y muchachas gritar “¡Viva Cristo Rey!” antes de recibir la descarga del pelotón de fusilamiento.

Ellos no entienden cómo Armando Valladares se pudo haber quedado inválido en las cárceles cubanas, porque en las cárceles infrahumanas venezolanas, los familiares de los presos tienen la libertad de llevarles buena comida y medicina, además de visitarlos dos veces – o más — por semana. No se imaginan que en Cuba un preso puede pasar años sin ver a su familia y que muchos de nuestros presos políticos, los llamados “plantados”, llevan décadas en calzoncillos por negarse a usar el uniforme de preso común, sufriendo la inclemencia del duro invierno cubano, soportando los “bayonetazos” que les propinan los guardias, como respuestas a la exigencia a un trato más digno.

Un venezolano no entiendo cómo los presos cubanos al ser liberados tras una prolongada prisión de varias décadas, puedan perder la habilidad de entender la voz femenina, al haber dejado de oírla durante el lapso de su condena, como fue el caso del Comandante Eloy Gutiérrez Menoyo (español con corazón cubano que dejó su juventud en la prisión), quien al ser liberado luego de 22 años en las cárceles castristas, era incapaz de entender lo que le hablaban las mujeres hasta que se volvió a acostumbrar al timbre de voz femenino.

Para el venezolano es difícil aceptar que el General Acosta Carles maltrate a sus mujeres con “quirúrgicas” llaves de judo, porque seguramente no ha visto cómo la poetisa disidente cubana, María Elena Cruz Varela, fue arrastrada por los pelos por una turba castrista enviada por Fidel y sacada de su casa — escalera abajo —, ultrajada hasta lo indecible y luego de romperle la boca a punta de patadas y palos, le hicieron comer sus poesías delante de su hijita más pequeña y las cámaras de televisión sin que pasara nada ni la OEA le extendiera una medida cautelar para que fuese respetada por el régimen de su país. Al cubano – en su sano juicio – jamás se le ocurriría “eso” de irse a Washington para que la OEA le otorgue una “medida cautelar”. Para empezar, no puede salir de Cuba para llegar a Washington y de llegar allá, probablemente se quedaría de una buena vez.

Si un venezolano pudiese leer el manifiesto que Marta Beatriz Roque y sus tres compañeros redactaron e hicieron publicar fuera de Cuba – “La Patria es de Todos” – le costaría mucho pensar que por tan ingenuo documento en donde se delata – entre otras cosas – la corrupción que abunda en la revolución, estos valientes cubanos hayan tenido que sufrir años de prisión y torturas, salvándose del paredón gracias a las protestas de personajes internacionales como Nelson Mandela, el líder del Partido de los Trabajadores del Brasil: Marcos Rolím… y hasta Hebe de Bonafini, presidenta de las “Madres de la Plaza de Mayo” en Argentina.

Tal vez suene duro, pero los venezolanos – todavía – no sabrían evaluar la valentía del pueblo cubano porque, entre otras cosas, no conocen a sus mártires contemporáneos. Pudiera llegar el momento – Dios no lo permita – en que muchos, los que puedan, tengan que tocar las puertas de otros países hermanos y bondadosos, tal y como millones de cubanos nos vimos obligados a hacer para huir de una pesadilla que tras cuatro décadas aún no ha tenido fin, para criar a nuestros hijos en tierras libres, donde poder orar en nuestras iglesias sin temor a ser repudiados o encarcelados. Sería muy triste que si eso llegase a suceder, al pasar cuatro décadas, salga un periodista por ahí, en donde quiera que un venezolano se encuentre, y diga que en Venezuela los venezolanos, en vez de conquistar la libertad con el filo del machete, marchaban con cacerolas, pitos y pancartas… al son de la zamba y jugando futbolito, razón por la cual era lo más lógico que Chávez se apoderara de la tierra de Bolívar.

Quizás muchos venezolanos no sepan o se hayan olvidado ya, que muchos de nosotros organizamos y dirigimos parte de la lucha contra las guerrillas comunistas que intentaron adueñarse de Venezuela en los años sesenta.

Nuestro pueblo cubano es heroico y lo ha sido siempre… aún hoy lo es. Maria Grajales, madre de nuestro padre, el General Antonio Maceo y Grajales – “El Titán de Bronce”, quien dio su vida por la libertad de Cuba, y en el campo de batalla — tras perder a todos sus hijos en la guerra de independencia, le dijo al único que le quedaba: “… y tú, empínate y apúrate en crecer para que des también la vida por Cuba”.

Amigo Leopoldo, le ruego reflexión antes de rebotar comentarios que pudieran herir el alma de un pueblo que por demás lo admira, le debe mucho y lo cuenta entre sus filas para morir juntos en la misma trinchera, de llegar el momento. No irrespete, por favor, la imagen de nuestros héroes, aquellos que lo han dado todo por la Cuba de hoy y de siempre. No irrespete el honor de mujeres cubanas como Tania Díaz Castro, María Elena Cruz Varela, Marta Beatriz Roque, Berta Antúnez Pernet, Maritza Lugo y muchísimas otras más que han dado muestras de verdadero heroísmo ante la ignominia castrista.

Mientras los padres y madres venezolanas arrullaban a sus hijos con hermosas canciones de cuna, mi esposa y yo lo hacíamos con poesías sacadas de los campos de batallas de nuestra Cuba contemporánea como esta que a continuación le regalo de nuestro fallecido líder Manuel Artime, la cual trata de un niño cubano que dio su vida en la Batalla de Playa Larga (Bahía de Cochinos) — hace unos días — el 17 de abril de 1961:

FELIPITO RONDÓN

“Batallón 2, señor, de Infantería”,

me dijiste orgulloso, Felipito Rondón,

cuando a qué batallón pertenecías,

te pregunté, después de una inspección.

Mirabas tu cañón sin retroceso

con tu rostro infantil tan arrobado,

que me luciste un chico muy travieso

que estuviese jugando a ser soldado.

Después vino lo heroico, en Playa Larga.

Tu batallón, derroche de bravura,

hizo que la sonrisa roja fuese amarga

cuando la Patria se creció en altura.

Después, vino aquel tanque, el tanque ruso

que perforó las líneas avanzadas.

Aquel Goliat de acero que se expuso

a retar el valor de la Brigada.

Y tú, David del mundo de Occidente,

te plantaste ante él, altivo, entero,

con tu cañón que era insuficiente

para parar aquel monstruo de acero.

Fue breve. No falló tu puntería.

La explosión te lanzó al suelo inconsciente.

Y aquella bestia herida, en agonía,

pasó sobre tu cuerpo adolescente.

Y te imagino altivo, sonriente

ante ese Dios que tanto tú querías,

seguro, Felipito, le dirías

cuadrándote ante Él militarmente:

“Batallón 2, Señor, de Infantería”.

Amigo Castillo, cuando usted vaya a hacer algún comentario sobre la valentía del pueblo cubano, le ruego – y me disculpa – que se tome el debido tiempo para recordar nuestra historia cargada de sufrimiento y coraje.

¡Viva Cuba, carajo!

Con todo mi respeto para usted y su pueblo,

Robert Alonso

Nacido con mucho orgullo en la ciudad de Cienfuegos, llegado a Caracas – junto a mil y tantos cubanos más — el 5 de septiembre de 1961, en el último viaje que hiciera el buque español “Marqués de Comillas”. Padre de cuatro hijos venezolanos: María Carolina, Carlos Alberto, Alejandro Enrique y Eduardo José.

Claro que entonces, en 1965, yo no tenía el conocimiento sobre los eventos de la resistencia cubana como lo tengo hoy.  Vivía en una burbuja, “lejos del mundanal ruido”.  En las vacaciones de verano mis padres me pagaban las vacaciones de regreso a Venezuela, siempre pasando por la ciudad de Miami, la Meca del Exilio Histórico Cubano, donde me quedaba unos cuantos días.

En el verano de 1966, tuve la oportunidad de reunirme con Gloria María Portela, “mi novia” cubana a quien el destino no me permitió decirle cuánto la quería ni descubrir si se decidiría por Miguelito Marcoleta o por mí.  La encontré más bella que nunca.  Tenía 16 años y un novio cubano a quien llamaban “Manny”.

Gloria María terminó casándose con otro cubano de muy buena familia y tuvo dos hijas, pero – desafortunadamente – enfermó de lupus y murió en condiciones terribles, unas décadas más tarde.  Ese verano de 1966 fue la última vez que la vi.

Miguelito Marcoleta terminó asimilado por el sistema comunista cubano.  Se convirtió en médico ortopédico como lo fue su padre y se casó con Dunia, hija de un famoso médico cubano, Rodrígo Álvarez Cambra, también castrista, uno de los médicos del equipo personal de Fidel Castro, quien le salvó la vida al hijo de Sadam Husseín, luego de haber sufrido un casi-mortal atentado y director del Hospital Ortopédico Frank País de La Habana.  El régimen lo absorbió y jamás supe de él.  Una de sus tres hermanas, Teresita (“Tere”), sin embargo, terminó en el exilio de Miami y, según me contaron, no ha tenido una vida muy fácil.

Mi paso por Miami, en el verano de 1966, fue un tanto traumático.  Tenía varias muelas picadas y mi padre me recomendó que me viera con el Dr. Evelio Tio, su amigo de toda una vida, exiliado en Miami, quien atendía desde su apartamento a cubanos cienfuegueros.  Más vale que no.  Su apartamento no tenía aire acondicionado y el equipo dental se lo compró a Cristóbal Colón en su segundo viaje a Las Américas.  Esos dentistas, que en Cuba eran famosos, atendía “por la izquierda” (de manera ilegal) a los cubanos exiliados.  Evelio, quien se apodaba “Pellejo”, murió en condiciones deplorables.  Le dio un ACV y estuvo en cama, casi como un vegetal, durante diez años, sin poder hablar y a expensas de la beneficencia pública, que para entonces no era tan eficiente como lo es hoy.  En Cienfuegos fue una eminencia odontológica.

Mi estadía con la familia Losh fue un regalo de la providencia.  Cuando me comprometí con Siomi, a la primera persona que llamé fue a Beverly, mi “madre americana”.  En muchas oportunidades y hasta la fecha, tratamos de pasar con ellos los Días de Acción de Gracia (Thanksgiving) y navidades.

Hubo un evento, sin embargo, que me marcó para toda la vida con ellos.  En el verano de 1967, estando todavía en la comarca de Deer Park, en el estado de Washington, nos enteramos que hubo un terrible terremoto en Venezuela.  Intentamos comunicarnos con mis padres durante varios días, sin éxito.  Una noche, anti mi desesperación, Beverly se me acercó y me dijo que no me preocupara, que si algo le había sucedido a mi familia, ellos me adoptarían.  Eso fue suficiente como para explotar en llantos.

En 1969, mis padres enviaron a mi hermana a que viviera con los Losh, estando yo ya en la universidad en la cercana ciudad de Spokane.  Allí aprendió inglés y “the American way of life”.

Normal Losh, mi “padre americano”, murió recientemente de cáncer en el estómago.  Fue veterano de la marina y me emocionó para que me alistara en el ejército estadounidense para luchar en la guerra de Vietnam.  Al cumplir los 18 años traté de alistarme pero ya, para entonces, era ciudadano venezolano y el ejército no me aceptó… de lo cual hoy me alegro enormemente.

Los Bustillo

La rama de los Bustillo es mucho menos complicada.  El primero en llegar a Cuba fue Lolo, Pascual del Amo; un bohemio español nacido en Valladolid, en Castilla la Vieja.

En su momento, le publiqué el siguiente ensayo, el cual titulé Para Aragón en España:

Mi bisabuelo Don Pascual del Amo, recordado por todos como “Lolo”, fue el primer hippie que tuvo Cuba. Había llegado al Caribe en sus años mozos finalizando el siglo antepasado. Venía de su Valladolid natal con una maleta llena de sueños. Llegó a la colonia sin una peseta y jamás hizo mayor fortuna que su familia. Fue cochero de los Castaño, en Punta Gorda. Cada vez que se sentía oprimido por la disciplina que le imponía la vida, arrancaba por la isla en busca de aventuras, regresando irremediablemente al hogar… sucio, cansado con el pelo largo y ensortijado. Su buena esposa — mi bisabuela – lo estaría esperando para curarlo, alimentarlo y asearlo. No importaba cuánto tiempo duraba el abandono, siempre regresaba a su familia y a los caballos de Don Castaño.

Así como “Lolo” quería a Cuba, Cuba lo quería a él… como queríamos todos los cubanos a los españoles que en nuestra tierra vivían.

El nacimiento de mi patria fue traumático. La primera etapa en esa labor de parto duró diez años, luego un año y tantos meses hasta que por fin, tras un último esfuerzo ayudado por una comadrona que nos vino del norte, España pudo dar a luz a Cuba.

Tras la guerra de independencia, la mayoría de los españoles – entre ellos el padre de Castro, Ángel – optó por quedarse en Cuba, donde gracias a nuestro Apóstol nos pudimos entender en una fraternal relación que duró hasta la tormenta, cuando en desbandadas – españoles y cubanos — nos disgregamos por el mundo.

“Lolo” – acompañándose con palmadas y al estilo flamenco — siempre nos cantaba: “Cuba e’ un jardín de flore que vino del extranjero y Cuba pa’ tené flore, necesita un jardinero…” Gustaba de los caramelos de miel, de la brisca y del tute… cuando perdía, hacía trampa. Murió con un corazón cubano añorando siempre a Valladolid, al cual jamás regresó. Sus huesos están esparcidos hoy por la hermana isla quisqueyana luego de que un huracán arrasara con el cementerio donde fue enterrado cerca de San Juan.

“Lolo” ejercía sobre nosotros, sus biznietos, un fuerte liderazgo. Si nos hubiera enseñado a odiar a España, posiblemente la hubiéramos odiado, porque los líderes marcan las pautas de la familia hacia arriba. Si los líderes de una nación se esfuerzan en dividir a sus conciudadanos apelando al odio, el pueblo terminará odiándose entre sí.

José Martí, el cubano que ordenó las hostilidades con las cuales comenzó la guerra de independencia de Cuba, vivió amando a España tanto como amaba a su patria. Murió bajo fuego y plomo, machete en mano, cargando contra las líneas del ejército español. Entre sus enseñanzas de amor hacia el prójimo — y en especial hacia España — nos topamos con una de sus más bellas poesías cuya lectura el régimen castrista ha prohibido en la Cuba – enferma temporal de un odio fraticida — de hoy. En ella veo a mi baturro “Lolo” tocado con su boina negra bajar las escaleras bordadas de los Castaño, escopeta en mano, perderse por las naves calladas de aquella amarillenta tierra a la cual le dijo adiós para engendrar en suelo cubano una familia orgullosamente española.

PARA ARAGÓN, EN ESPAÑA

Para Aragón, en España, / tengo yo en mi corazón, / un lugar todo Aragón, /

franco, fiero, fiel, sin saña.

Si quiere un tonto saber /  por qué lo tengo, le digo / que allí tuve un buen amigo,
que allí quise una mujer.

Allá, en la vega florida, /  la de la heroica defensa, / por mantener lo que piensa

juega la gente la vida.

Y si un alcalde lo aprieta /  o lo enoja un rey cazurro, / calza la manta el baturro

y muere con su escopeta.

Quiero a la tierra amarilla /  que baña el Ebro lodoso; / quiero el Pilar azuloso

la Lanuza y de Padilla.

Estimo a quien de un revés / echa por tierra a un tirano; / lo estimo si es un cubano,

lo estimo, si aragonés.

Amo los patios sombríos / con escaleras bordadas; / amo las naves calladas

y los conventos vacíos.

Amo la tierra florida, / donde rompió su corola / musulmana o española,

la poca flor de mi vida.

Lolo casó con una cubana de descendencia española.  De ella poco se hablaba, tal vez porque era costurera.  Tuvieron varios hijos, entre ellos: ¡mi abuela Petra! Petra fue nuestra abuela favorita.  Se casó con Roberto Bustillo, gracias a quien fui nombrado, junto a unos cuantos primos.

Roberto y Petra tuvieron dos hijos gemelos (morochos o jimaguas): Roberto y Amado y tres hijas: Maruja, Amparito y mi madre: María Concepción… ¡Conchita!

En la Cuba pre-castrista estaban prohibidos los nombres que no aparecieran en el santoral católico, razón por la cual ni mi madre ni mi hermana pudieron ser nombradas Conchitas.  Ambas, originalmente, fueron inscritas como María Concepción.  Cuando mi hermana se hizo ciudadana estadounidense, se cambió su nombre de María Concepción para María Conchita.

La Abuela Petra salió al exilio en Venezuela, donde su hija Maruja había sido co-fundadora de la Universidad de Oriente, en Cumaná.  Allá vivieron ella y su padre, Lolo, por unos años antes de mudarse  Maracay y, posteriormente: a Puerto Rico, donde murieron ambos.  Un buen día la abuela Petra se sintió mal y al poco tiempo de hospitalizada murió.  Curiosamente, su certificado de defunción no especifica el motivo de su muerte.  Sus hijos, católicos practicantes, simplemente aseguraban que Dios se la había llevado a su Trono.  ¿Motivo de su muerte? ¡El llamado de Dios!

El abuelo Roberto murió joven de tuberculosis.  En aquella época la tuberculosis cobró la vida de miles de cubanos.

No lo conocí ni escuché hablar mucho de él.  Sé que fue administrador de un central azucarero en un sector cercano a Cienfuegos llamado Portugalete.  Sé, también, que era un gran cazador y un mujeriego empedernido, razón por la cual la Abuela Petra no hablaba mucho de él.

Mi padre conoció a mi madre a través del abuelo Roberto, quien durante un tiempo fue uno de sus compañeros de juerga.

Maruja, la primogénita, no dejó descendencia y murió señorita.  Amparito fue una reconocida profesora de piano en Lechería, estado Anzoátegui… en Venezuela.  Dejó dos hijos engendrados con un venezolano oriundo de Caripe, quien murió chavista, ya divorciado de nuestra tía, mi madrina.

Los gemelos, Roberto y Amado, vivieron un tiempo en Venezuela y se establecieron en Puerto Rico, donde nacería la tropa de hijos que engendraron con dos señoras cubanas.  Fueron tanto los hijos que en un momento dado se me escaparon del radar.

Roberto y Amado fundaron la Ferretería Los Jimaguas en la 65 de Infantería de San Juan, Puerto Rico, frente al restaurante El Álamo, ya desaparecido.  Fue una ferretería tremendamente exitosa hasta que Home Depot se instaló en la isla y la quebró.

Para el momento de publicar este libro, mis tíos y tías Bustillo, han pasado a mejor vida.

Por otro lado, no hace mucho, nos enteramos que los Bustillo son vascos y el primero en llegar a Cuba fue el padre de mi abuelo, Roberto Bustillo, quien era médico.  Se instaló en un pueblito olvidado por la historia llamado Palmira, en la provincia de Las Villas, cercano a Cienfuegos.

Mi padre solía asegurar que El Abuelo Bustillo era el mejor médico de Palmira: ¡puesto que solamente había uno!

El Abuelo Bustillo quiso ser director de orquesta.  Tal vez de ahí nos viene a los Alonso-Bustillo la vena musical.  Su madre, negada, lo obligó a que se hiciera médico.  Cumplió el deseo de su progenitora y una vez, título en mano, lo usó como papel higiénico.  Cuenta la abuela Petra que en su consultorio de Palmira, el título arrugado, sucio y enmarcado, denunciaba el exabrupto del Dr. Bustillo, pues se podía apreciar que una vez fue empleado con otros fines.

Mi bisabuelo Bustillo, tal vez aburrido en Palmira, regresó a España donde nació, cercano a Madrid, mi abuelo Roberto, pero en lo que reventó la guerra civil: regresaron a Cuba.

La guerra civil española o guerra de España, también conocida por los españoles como Guerra Civil por antonomasia, fue un conflicto bélico — que más tarde repercutiría también en una crisis económica — que se desencadenó en España tras el fracaso parcial del golpe de Estado del 17 y 18 de julio de 1936 llevado a cabo por una parte de las fuerzas armadas contra el Gobierno de la Segunda República. Tras el bloqueo del Estrecho y el posterior puente aéreo que, gracias a la rápida colaboración de la Alemania nazi y la Italia fascista, trasladó las tropas rebeldes a la España peninsular en las últimas semanas de julio, comenzó una guerra civil que concluiría el 1 de abril de 1939 con el último parte de guerra firmado por Francisco Franco, declarando su victoria y estableciendo una dictadura que duraría hasta su muerte, el 20 de noviembre de 1975.

La guerra tuvo múltiples facetas, pues incluyó lucha de clasesguerra de religión, enfrentamiento de nacionalismos opuestos, lucha entre dictadura militar y “democracia republicana”, entre revolución y contrarrevolución, entre fascismo y comunismo. ​

A las partes del conflicto se las suele denominar bando republicano y bando sublevado:

El bando republicano estuvo constituido en torno al gobierno, formado por el Frente Popular, que a su vez se componía de una coalición de partidos republicanos — Izquierda Republicana y Unión Republicana — con el Partido Socialista Obrero Español, a la que se habían sumado los marxistas-leninistas del Partido Comunista de España y el POUM, el Partido Sindicalista de origen anarquista y en Cataluña los nacionalistas de izquierda encabezados por Esquerra Republicana de Catalunya. Era apoyado por el movimiento obrero y los sindicatos UGT y CNT, los cuales también perseguían realizar la revolución social. También se había decantado por el bando republicano el Partido Nacionalista Vasco, cuando las cortes republicanas estaban a punto de aprobar el Estatuto de Autonomía para el País Vasco.

El bando sublevado, que se llamó a sí mismo «bando nacional», estuvo organizado en torno a parte del alto mando militar, institucionalizado inicialmente en la Junta de Defensa Nacional sustituida tras el nombramiento de Francisco Franco como generalísimo y jefe del Gobierno del Estado. Políticamente, estuvo integrado por la fascista falange española, los carlistas, los monárquicos alfonsinos de Renovación Española y gran parte de los votantes de la CEDA, la Liga Regionalista y otros grupos conservadores. Socialmente fue apoyado por aquellas clases a las que la victoria en las urnas del Frente Popular les hizo sentir que peligraba su posición; por la iglesia católica, acosada por la persecución religiosa desatada por parte de la izquierda nada más estallar el conflicto y por pequeños propietarios temerosos de una «revolución del proletariado». En las regiones menos industrializadas o primordialmente agrícolas, los sublevados también fueron apoyados por numerosos campesinos y obreros de firmes convicciones religiosas.

Ambos bandos cometieron y se acusaron recíprocamente de la comisión de graves crímenes en el frente y en las retaguardias, como sacas de presospaseosdesapariciones de personas o tribunales extrajudiciales. La dictadura de Franco investigó y condenó severamente los hechos delictivos cometidos en la zona republicana, llegando incluso a instruir una Causa General. Por su parte, los delitos de los vencedores nunca fueron investigados ni enjuiciados durante el franquismo, a pesar de que algunos historiadores​ y juristas​ sostienen que hubo un genocidio en el que, además de subvertir el orden institucional, se habría intentado exterminar a la oposición política.

Las consecuencias de la Guerra Civil han marcado en gran medida la historia posterior de España, por lo excepcionalmente dramáticas y duraderas: tanto las demográficas — mortandad y descenso de la natalidad que marcaron la pirámide de población durante generaciones — como las materiales — destrucción de las ciudades, la estructura económica, el patrimonio artístico —, intelectuales — fin de la denominada Edad de Plata de las letras y ciencias — y políticas —l a represión en la retaguardia de ambas zonas, mantenida por los vencedores con mayor o menor intensidad durante todo el franquismo, y el exilio republicano — y que se perpetuaron mucho más allá de la prolongada posguerra, incluyendo la excepcionalidad geopolítica del mantenimiento del régimen de Franco hasta 1975.

Gracias a ese conflicto bélico, los Bustillo regresaron a Cuba y sus descendientes pudimos nacer y crecer en el Caribe, aunque más adelante el hijo de un español gallego nos sacara de la isla: ¡por los caminos del mundo!

Robert Alonso Presenta

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