Un Grito de Alerta…!

La familia Alonso-Bustillo llegó a Venezuela en septiembre de 1961.  Nuestro hermano mayor – Ricardo – tenía entonces 14 años, la hermana 6 y yo 11.  Fue un cambio extremadamente traumático.  En ese mes, se había roto record de niños secuestrados para llevárselos a Colombia y ponerlos a pedir limosnas.  De Cienfuegos, un apacible pueblo de menos de 100 mil habitantes, nos mudamos – de la noche a la mañana – a Caracas, una metrópolis al nivel de la pujante Habana.

Gracias a los salesianos, mi hermano y yo pudimos estudiar becados, sin pagar un solo bolívar, en la escuela de Sarría, sector de Caracas donde trabajaba nuestro padre, colindando con la urbanización de San Bernardino, donde conseguimos un pequeño apartamento en el Edf. Rubén Darío, en la Av. Galipán, esquina Av. Vollmer, frente a la Shell, que más tarde se convirtió en la Comandancia General de La Marina.

La historia completa de aquella odisea la pueden leer en mi artículo “Cuando Salí de Cuba”.

Poco a poco y después de incontables penurias, Venezuela nos fue oxigenando, espiritual, emocional y económicamente.  Allí crecimos todos.  La adorable Abuela Carmelina, QEPD, junto a Don Alonso, nuestro abuelo paterno, llegaron de Cuba años más tarde y allá – en Venezuela – descansan sus restos mortales.

Por su lado, Siomi y sus padres habían llegado a Venezuela un año antes.  Fue en Caracas donde nos conocimos, gracias a la “revolución”.  De nuestra unión saldrían cuatro hijos y – por ahora – dos nietos: Santiago y Miranda… “La Reina de la Parrada”.

Y entonces llegó la noche para Venezuela, para los venezolanos y para todos aquellos que en ella habíamos hecho vida… unos más prósperos que otros.

Al igual que la inmensa mayoría de los cubanos exiliados, nuestra familia le fue regresando a Venezuela parte de lo que ella nos había dado, creando fuentes de trabajo y aportando para la sociedad.  Entonces, los cubanos (exiliados) y los venezolanos de buena voluntad, éramos primos hermanos: ¡de un pájaro las dos alas!

Así como perdimos todo lo material que habíamos dejado en la Cuba castro-estalinista, lo perdimos en Venezuela 43 años más tarde, gracias al mismo enemigo; pero nos quedó la dignidad y el eterno agradecimiento a es patria que nos abrió sus brazos y nos adoptó… de ahí nuestro esfuerzo por aportar nuestro grano de arena en pro de su libertad.

Hoy me enviaron este desgarrador grito de mi hermana, una niña que llegó a Venezuela tan desconcertada como todos nosotros; como todos aquellos que – huyendo de una tiranía – emigran.

Es cierto que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero ya millones de venezolanos han ido perdiendo sus cabezas y emulando a esos millones de cubanos quienes, como nosotros, nos lanzamos al exilio en busca de libertad y en nuestro caso: ¡dos veces!

Miami 22 de julio de 2019

Robert Alonso

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